sábado, 18 de agosto de 2018

I♡WA


          
          Mi pequeño dinosaurio dinosaurito. Recorro con la lengua tu columna musical. Sabes a cuerda de piano, a metales que fulgen en el atardecer. Tú eres mi paseo del crepúsculo, mi Sunset Boulevard lleno de estrellas que piso acariciándote. Tienes cosquillas hasta en esta deliciosa cordillera/cremallera. Andes lo que andes no te andes por los Andes… Andes que voy descendiendo hacia Chile, hasta las regiones sacras y coxígeas más australes de Ushuaia. Iowa/ Ushuaia…
***
               Mi pequeño dinosaurio. Te desperezas y el Universo se estremece de placer. Sacudes el mundo con un coletazo y todo comienza  funcionar. El sol saca tus picos, tan parecidos a las púas de tu columna, y todas las cosas sonríen con tu sonrisa. Ésa es la conexión. Primero me contagias a mí, y luego la vida renace…
***
           Mi pequeña dinosauria: soplo delicadamente sobre las gotas de sudor que resbalan por tu espalda. El sol hace brotar este delicioso rocío sobre ti. O las persigo con la lengua hasta que me entregan su sabor marino como un néctar del que emana la vida. Marinero mío, te dice el mar que soy, las olas de mis caricias. O mi mar, si el marino soy yo, remando y remándote sin fin…
***
             Si alguna vez me despertara y no estuvieras ahí, si alguna vez no me quedara más remedio que recordarte, si alguna vez incluso tu recuerdo se me desvaneciera por completo entre la niebla del pasado…

Eduardo Fraile

sábado, 11 de agosto de 2018

La partida


vámonos,
        Cuando Iowa dijo: venga, es hora de comenzar nuestro viaje, fuimos a Santander con intención de pasar luego a San Sebastián y cruzar la frontera por Irún, pero las cosas salieron de otra manera, y desde el puerto deportivo de Santander viajamos en un barco hasta Cabourg, en la Normandía fancesa, el Balbec de Proust. El barco —un yate de unos ingleses que conocimos en el restaurante en que nos desquitábamos de muchos días de comer conservas en la cabaña de Tony— fue bordeando la costa francesa sólo por dejarnos a nosotros allí, y esa deferencia y ese honor eran en homenaje a la belleza de mi acompañante, a la que se le rendían flotas británicas enteras, así que Nevers no lo vimos, pues de Cabourg fuimos directos a París a coger el Concorde, o la Concorde, como llamaban los franceses a su elegante pájaro.
            Los días que estuvimos en Asturias fueron bastante melancólicos, Imán/Iowa comenzó a tener esos instantes de ensimismamiento, de abstracción, que me la arrebataban a otro lugar y a otro tiempo. Y volvía empapada de lluvia, pero otra lluvia distinta a la de aquí. Así que lo de irnos y comenzar nuestra ruta a Des Moines también empezó a ser una huida de nosotros mismos, de lo que nos podía pasar en el futuro, más que de algún peligro exterior, cada vez más nebuloso y remoto, ciertamente.
       Tony nos dijo por teléfono dónde dejar las llaves. La Luna se quedaba esperándonos en su plaza de la Cruz Verde. Que le mandásemos postales a Pedro, a la editorial, mejor que al Café. No había vuelto a ver señales de peligro en lontananza, pero por si acaso. Con lo que ahora sabía yo de la historia del dinero de Imán me parecía todo más irreal que antes, y lo que temía de verdad era despertarme cualquier día sin Iowa a mi lado y que todo hubiera sido un sueño, un espacio entre dos palabras, una vacilación entre dos sorbos de café. Aún así, habría merecido la pena. Y si la había soñado —o si la estaba soñando— yo ya no quería recordar. Recuerde el alma dormida/ avive el seso e despierte…     
 
***
            Descripción de la pareja británica con la que coincidimos casualmente en el restaurante de Santander (todas las sillas eran distintas). La pregunta, tantos años después, sigue siendo: ¿casualmente? Estamos devorando un plato delicioso de berenjenas rellenas, que hemos pedido porque se llama el imán levitando (en cada plato las berenjenas simulan las babuchas del imán). Estamos solos, teníamos tanta hambre que hemos entrado nada más abrir. Y justo casi después llegan ellos, una pareja muy atractiva, él con gorra de marinero, ella toda de blanco vaporoso. Sobre los 40 los dos. Hablan en inglés, entre risas, y se sitúan cerca de nosotros. Noto enseguida la mirada codiciosa de él con respecto a Iowa. No intenta disimularla, sino que se hace casi descarada. Ella me habló la primera vez de cómo le afectaba el deseo de los demás, pero en este caso parece casi un juego, de hecho, al punto se levanta y viene a nuestra mesa. Se presenta y se disculpa. ¡Es tan bella! Total, que acabamos los cuatro juntos, y no estuvo mal. Casi mundanos, casi naturales, casi encantadores. Pero se notaba ese ‘casi’, o al menos lo notaba yo. Ella reía como intentando borrar con su risa lo que de abordaje en toda regla había tenido aquella maniobra en principio inocente y, ya digo, ¿casual?

***



1. — ¡Anda! y pensáis ir a París en tren... 
         ¿Por qué no os venís con nosotros por la costa hasta Normandía?

2. — ¿De verdad? ¡Sería genial!
               (Iowa)
3. — Pero ¿cómo es vuestro barco? ¿cabemos todos?

4. — Está bastante bien, tiene 5 camarotes, así que hay espacio de sobra

5. — No sé, no sé...
    — Venga, decid que sí

6. — ¡Vale! Vamos con vosotros. ¿Cuándo pensabais salir? 

7. — Mañana temprano, pero veniros al yate ya, y os lo enseñamos

8. — Nuestras cosas están en el hotel
    — Claro, os acompañamos y tomamos allí un café de despedida

9. —  ¡Ale! ¡A navegar!


Eduardo Fraile

sábado, 4 de agosto de 2018

Los tíos guapos


            Y estaba aquel que se había acostado con más de mil mujeres (él empleaba el verbo cepillar), y lo decía sin un átomo de presunción, y esto no dejaba en buen lugar al sexo femenino. ¿Estaría Iowa entre ellas? Y aquel otro de los ojos muy grandes, como de un dibujo de los cuentos de Doncel que leía en mi infancia. Su chica era también muy guapa, pero le dejó, se conoce, porque él empezó a posar de solitario sin ella a partir de un momento dado, y su mirada se quedaba perdida y vidriosa, y en los años sucesivos seguí viéndole de lejos y nunca más le vi con otra (y esto quizá tampoco decía bien de sí), como obstinándose en escupir a la cara al destino. Y Luis Asensio, que se separó también de su mujer (él sí estaba casado) y se fue perdiendo en el laberinto de las depresiones y el alcohol…
            Eran tíos guapos, esbeltos, masculinos hasta el límite. Derrochaban virilidad. No me extraña que arrasaran y quizá fueran arrasados por los huracanes sentimentales que iban provocando. Pero también estaban esos otros guapos hacia lo femenino, diríamos, siendo plenamente heterosexuales. Pienso en Íñigo, el novio de Elena, por ejemplo, tan etéreo e inconsútil como ella, o Luis del Álamo, con sus ojos clarísimos y su melena de ángel de Salzillo. Yo no sé muy bien si podía considerarme poseedor de algún tipo de hermosura, pero Iowa me había elegido y zanjó la cuestión enseguida:
          Eres el tío más varonil que he conocido en mi vida. Y esa barba y esa voz… Tu voz toca. Y ya, cuando sonríes, con todos esos dientes que me quieren morder…
         Y luego también los gays, que por aquellos años y en aquel café donde reinaban sin mirarse y sin haber pensado nunca en ello las chicas más guapas de Valladolid, que era como decir de Des Moines y del mundo— pues casi ni nos fijábamos en ellos, la verdad. Muy guapo y jovencísimo era Juan, por ejemplo, que siempre admiró mucho mis cosas y me felicitaba con alborozo y efusividad. Nunca se me ocurrió pensar que fuese gay, y lo supe muchos años después, ya en otro siglo, cuando alguien muy deteriorado física y mentalmente se puso a molestarme en el Café Bleu, que no estaba muy lejos de La Luna, a calle y media, en el trozo de Simón Aranda que desembocaba en Mantería.
          Me costó días comprender que aquella persona francamente repulsiva había sido un bello ángel que ardió sin consumirse en otro lugar y en otro tiempo, y quizá también, por qué no decirlo así, en otro planeta…

Eduardo Fraile

sábado, 28 de julio de 2018

Las imprentas


Yo deseaba, ansiaba, soñaba con que algún día mi nombre estuviera en la portada de los libros, identificarme en alguno de los escaparates de las librerías que me abducían a su contemplación. Porque primero fue mirar escaparates, como suele suceder. Ya luego nos atreveríamos a entrar dentro de esas tiendas de vestidos de papel para el espíritu. Y luego las imprentas. Colarnos en los viejos talleres para que nos dieran recortes de papel, pliegos sobrantes que utilizaríamos en las clases de trabajos manuales. Y remoloneábamos por entre aquellas máquinas hermosas como dinosaurios, atendidas por obreros con guardapolvos azules. Y nos fijábamos, bueno, me fijaba yo en cómo los tipógrafos componían con sus pinzas y sus letritas minúsculas cada línea de una página, al revés.
          ─Hay cosas que hay que hacerlas al revés para que queden al derechas, decía uno de los viejos cajistas de un taller de la calle Panaderos.
          Y así íbamos aprendiendo las palabras del oficio (el de ellos y el mío): caja, galerada, componedor, tipómetro, cuerpo de letra, resma, mano, cran, errata, ceja, pelo, medio pelo… De hecho, muy cerca de donde estábamos escondidos Iowa y yo (y a veces oíamos los golpes de las offset en pleno folleteo) estaba el taller de Gráficas Andrés Martín, con doble entrada por Paraíso y también por Juan Mambrilla. Iowa, el primer día, pensó que había otra pareja cerca más inagotable y fogosa que nosotros, pero enseguida el ritmo mecánico y uniforme de la cadencia la hizo sospechar. Era la imprenta a todo meter (perdón por la tristeza), tirando de seguido.
            Faltaban años aún para que yo me convirtiera en editor (autor ya empezaba a creer serlo por entonces) y el refugio de Balneario, las dos o tres semanas que vivimos allí confundidos con los libros, me resultan hoy en el recuerdo un oasis y también una prefiguración de lo que sería mi vida en adelante. ¿Qué soy en el presente? ¿Qué hora es en este mediodía? Incluso si pienso en un reloj, las agujas pasan las páginas de un libro, y si el reloj fuese de arena ya saben mis lectores, que también lo son de Borges, a qué libro nos llevaría la asociación de ideas.
            ─Nevers, imprímeme.

Eduardo Fraile

sábado, 21 de julio de 2018

Mi pequeño dinosaurio


            Mi pequeño dinosaurio. Tu columna vertebral te delata, tan pronunciada, tan silabeada (sílaba viene, sílaba va). Tan ensalivada. Podría saltar de pico en pico sin caerme al agua, sin caerme al abismo de ti, al foso sin puente levadiza. Me gusta más así, decir la puente levadiza, como antes, como aún en los pueblos, las puentes, la puente. Islas donde perderse Ulises en el regreso a Ítaca, en el retorno a ti. Tienes un teclado de piano en la espalda. Toco, pulso, hundo mis dedos sacándote los mejores acordes. O como más te gusta a ti: recorrer de arriba a abajo todas las teclas a dos manos, desde la nota más grave hasta el grito final.

***
            Mi ángel dorado, toda tu piel fulge en la oscuridad. No necesito lámparas. Tu cuerpo emite luz, como si estuvieras recubierta de filamentos de oro. Una luz interior que se comunicara, que se manifestara a través del finísimo vello que te da calidez de pájaro, ingravidez de ave. Levitas sobre las sábanas, no pesas, eres inmune a la Ley de la Gravitación Universal.
***
            Mi pequeño dinosaurio:
            Cuando me desperté, todavía estabas aquí conmigo conmiguito. Te acaricié el teclado de tu columna en escalera y comenzaste a ronronear, dinosauro/gata desperezándose, estirándose de esa manera maravillosa y peligrosa, como si te fueras a romper. Clac. Y algo crujía, craquelaba, alguna articulación se desarticulaba emitiendo un quejido, no, más que un quejido una corroboración de exactitud, de ingreso en la realidad, pero una realidad también gozosa, nunca onerosa o quejumbrosa. Luminosa con la luz que entra por la ventana con la cortina medio descorrida, iluminada por tu sonrisa que va creciendo como un amanecer. Ay. Sólo faltan los pájaros, pero están ahí, en el árbol de tu voz que regresa de las provincias recónditas del sueño.
            ─Nevers, estás ahí.
          Ya no mi nombre, que no has dicho jamás. Yo no poeta, o mi poeta. Tu nombre para mí, para que yo también te diga Imán, o Iowa, o mi pequeño dinosaurio, porque este tiempo que hacemos los dos juntos (hacer el amor/ hacer el tiempo) necesita de nuestro nuevos yoes para ser vivido. Y donde ellos se aman no es el sueño, o la ficción, sino la verdadera y efectiva realidad. El aire que respiramos.

Eduardo Fraile

sábado, 14 de julio de 2018

El concierto


         La música de La Luna. Las mañanas eran parisinas, melódicas, melancólicas, y ya desde la apertura, que solía ser sobre las 11, con ese desgarro de la voz de Édith Piaff. Parisinas de Brassens, de Jacques Brel, de Gainsbourg, de Moustaki, que era griego y vestía siempre de blanco, como el pintor Jesús Capa en los veranos de nuestra ciudad. Georges Moustaki. Se avecinaba un concierto suyo en Valladolid, en el polideportivo Huerta del Rey, y ya se vendían las entradas en La Luna. Había que ir. Se iba animando el ambiente desde los periódicos y la rumorología del boca a boca: que si había pedido tal o cual cosa en el contrato, que si una habitación toda blanca en el hotel Olid Meliá, o que si cobraba tanto o cuanto dinero de cachet. Vaya, pues ya borboteaba y bullía la cosa hacia la plena efervescencia, y el personal estaba muy por la labor. Qué tío, el Moustaki. Tocaba la fibra de nuestros amores, de nuestras chicas, las hacía vibrar, y a nosotros nos gustaba también, pero esto de que ellas babeasen por él hacía que fuésemos un poquitín más reticentes.
        Con su barbita canosa y su melenita canosa. Pero nos sabíamos de memoria todas sus canciones. Incluso alguna con versos de nuestra propia cosecha, Nathalie, Nathalie. Iowa y yo cantábamos muchas de esas canciones en nuestro refugio. Nuestras voces mezclaban bien, se perseguían juntas como delfines. Eran la misma voz desdoblada, duplicada, replicada, que se hablaba a sí misma, que se decía cosas, o que las descubría al decírselas. Nos podríamos haber dedicado a la canción también nosotros, pero lo suyo iba a ser más ser modelo y lo mío callar en las palabras, la música interior de las palabras no dichas, cómo resonaban dentro del corazón.
            ─Pero el tío ese irá, ¿no?
            ─Es posible. Va a ser mejor que vayas al concierto tú solo.
            ─Que no, a mí me da igual ir o no ir, si tú no vienes.
            ─Vaya mierda. Ya veremos a Moustaki en París, en el Olympia, o donde sea.
            ─A ver qué pasa hasta ese día…
          Pedro tenía un tocata muy bueno allí mismo y muchos discos de jazz, pero nada del griego ése de los cojones (en expresión del propio Cordel). A mí no me la da ese pavo. Si queréis algo bueno de verdad, ahí tenéis a Leonard Cohen.

Eduardo Fraile

sábado, 7 de julio de 2018

Canciones para Iowa


Tu belleza me deja estupefacto,
ta beauté me laisse stupéfait.
Te toco y no puedo creerte,
te acaricio como si preguntara por qué
o cómo, o qué he hecho yo para merecerte
(o más bien por qué no mereciéndote
te has entregado a mí).
Y meto mis dedos dentro de la herida
(ya no sé si en tu pecho o en el mío)
una y otra vez,
hasta perder la fe,
hasta perderme en el árbol del conocimiento…

***
Duermes como un piano de cola que se queda abierto
tras una noche entera de jam session
o como el dinosaurio de Augusto Monterroso
(porque el que se despierta en su cuento mínimo es el dinosaurio)
con toda la columna vertebral en escalera
hacia el cielo.
                       Stairway to Heaven

***
Sé que te marcharás, que me dejarás, que te irás de mi lado,
de la misma manera que viniste…
a mí. De la misma increíble y mágica y sobrenatural manera
en que posaste tus ojos sobre mí y me elegiste.
Es fácil creer que merecemos el ángel que nos pasa
y quizá lo perderemos por eso precisamente.
Sé que tras cada instante hay una esquina
por la que puedes desaparecer.
No creo que pudiera despertar de ti sin tu presencia a mi lado,
pero tengo que ir haciéndome a la idea
de que te perderé.

***
─Nunca me había sucedido esto: escribir desde la dicha, desde la felicidad, desde el estupor de ser amado. Te debo esta sacudida, esta dislocación del punto de vista, este salirme de mí para verme en el ángulo donde no pensaba estar jamás, porque era allí donde antes miraba: el horizonte del deseo. Y por eso ahora miro al futuro sin ti.

***
De Iowa a Nevers

Mi querido poeta:
            He leído tus maravillosas tonterías mientras estabas dormido. Yo no te voy a dejar nunca. Entiendo tu temor a perderme. Es natural. También yo quiero que esto que me pasa contigo no se acabe jamás. También yo tengo miedo, en el fondo del charco de mi felicidad. Debe ser como los que tienen mucho dinero y cuanto más tienen más temen perderlo todo. No sé lo que nos deparará el futuro, pero doy gracias al cielo por cada día contigo, por cada hora contigo, por haberme sentado a tu lado aquel día en nuestro café. Y aunque me gustan mucho tus canciones, prefiero que no imagines en ellas lo que no queremos que suceda ni en las palabras ni en los sueños, y mucho menos en la realidad.
                        Es una orden.
                                                Tuya forever,
                                                                        I.



Eduardo Fraile