domingo, 16 de noviembre de 2014

Calle Porvenir



La calle Porvenir siempre olía a manzanas
en descomposición: había un portón verde
de madera con letras blancas: SIDRERÍA.
Nos imaginábamos a las pobres manzanas sometidas a tortura,
hasta que les exprimían todo el zumo, que luego fermentaba
en profundas barricas. Olía fuerte, pero olía bien,
como a aguardiente de orujo. Nuestra madre decía
«tapaos la nariz» cuando atravesábamos esa calle
para ir a los Vadillos o a las Batallas
o incluso más allá: hasta la iglesia de la Pilarica.
Hoy he pasado de nuevo
por allí. El portón verde
(como de trasera de pueblo) resiste en el espacio
y en el tiempo, pero falta el olor
de las manzanas. Bodegas, vaquerías,
fábricas de ladrillos de mi infancia: Cerámica
Silió, imprentas de tinta densa que me hicieron soñar
con mi nombre en lo alto de los libros. Cervecería
la Cruz Blanca, cuya hermosa chimenea es hoy hogar
de las cigüeñas, curtidurías, boterías,
las sardinas arenques y los sacos de legumbre
a la puerta de las tiendas de Ultramarinos.
Eran olores francos, que nos salían a pecho descubierto
al paso, interceptándonos, imponiéndonos su presencia, interpelándonos…
Las magdalenas de mi infancia vallisoletana
son éstas. Tengo más,
pero éstas son las que me servía mi ciudad
cada mañana…

Eduardo Fraile

sábado, 8 de noviembre de 2014

Duplicity



            Quizá recordaremos este tiempo como un paréntesis en la realidad, una ruptura del curso natural de las cosas, no sé, si nos es concedida dicha opción y podemos mirar dentro de ese paréntesis con perspectiva y distancia (y desapego, por tanto), quizá comprendamos por qué o para qué se produjo ese intervalo, esa omisión de las leyes de la Naturaleza, esa duplicidad…
            Quienes hayan leído 1Q84, de Haruki Murakami, intuirán de qué les hablo. Ese período de realidad paralela que se simboliza en su libro con la aparición de dos lunas. Todo parece seguir igual, nada ―aparentemente― ha cambiado, pero en el cielo hay dos lunas iguales vigilando la noche. Y los acontecimientos ―aparentemente insignificantes también― empiezan a sucederse con precisión y hermosura y tenacidad de sinfonía, o de teorema, o…
            A los lectores de Murakami no les habrá pasado desapercibido que de un tiempo a esta parte (a esta parte de la civilización occidental) haya dos lunas blancas en la ciudad del Vaticano, dos papas en Roma, coexistentes, cohabitantes, contemporáneos… Y a sus lectores en español, que en España nos ocurra, por primera vez desde que fuimos un imperio donde no se ponía el sol, amanecer con dos reyes…
            Quizá hemos de encontrar a esa persona que será el amor de nuestra vida, quizá bajar al Hades, como Orfeo, a rescatarla de la Muerte, quién sabe, pero seguro que hay un acto mínimo y fundamental que habrá de ser cumplido por cada uno de nosotros para que el Universo engrane en sus goznes otra vez, y el mundo de las posibilidades infinitas se siga sucediendo…

Eduardo Fraile

sábado, 1 de noviembre de 2014

Andrés



Apenas le recuerdo, su estatura, su hablar, su continente
reposado y tranquilo, la cadencia
sentenciosa (como un agua ya lenta) de sus palabras…
No sabría decir quiénes eran sus padres, se llamaba Andrés
(vivía en las calles altas, creo, muy cerca de la iglesia),
su edad, así como de 35 o 40, su bondad,
porque bien se veía que era bueno, y su voz…
Si cierro ahora los ojos le vería alejarse
diciendo adiós con una mano, y alcanzo a oír un timbre, una tonalidad
cálida y profunda que a veces llega como en ondas concéntricas
y a veces se resiste a ser asida…
Sólo su nombre apenas. Eso fue para mí,
que entonces tenía 18 años. Eso queda
de él en mí, y su última imagen:
verle pasar por el trozo de calle frente a mi portada,
una tarde de otoño. Decirme “ahí va Andrés”,
desde el cantón donde estoy leyendo un libro.
                                                                           Y saber,
a la mañana siguiente, que las campanas de la iglesia
de Castrodeza (creo haber dicho ya que era del barrio alto, de esas calles
cercanas a las gradas que ascendían al pórtico)
doblaban por él…

sábado, 25 de octubre de 2014

La salida



             Ya estábamos entrando en el otoño, la estación de los violines de Verlaine y la melancolía, y yo me había quedado solo en Castrodeza, con una mesa de nogal de mi padre, su escritorio de la oficina donde trabajó en Madrid, y una máquina Royal que compré por 5000 pesetas en los anuncios por palabras de El Norte de Castilla. Elegí la antigua cocina de la casa como estudio, con su chimenea, sus azulejos originales y el escaño de madera labrada por el tiempo. Las vigas negras y poderosas, extrañadas de verme por allí…
            Estuve varios días ordenándolo todo, mis libros, que coloqué en un armario (el almario de Santa Teresa) para la loza y la cristalería, a escribanía de bronce, la lámpara, los folios El Galgo Parchemin… Y llegó ese momento largamente postergado una tarde como ésta, quizá exacta, calcada con un papel carbón, una especie de vértigo, la seguridad de estar naciendo, de estar iniciando la partida hacia un país muy lejano, inexistente tal vez, y que ese primer paso era ya irrevocable y magnífico, lleno de valentía e inconsciencia, de pureza y de fatalidad.
            Era imposible no mirarse en el espejo de Don Quijote (los dos tomos de una edición del siglo XIX, la de Felipe González Rojas, cuya tipografía herraba literalmente las hojas de algodón, me acompañaban desde la pubertad), era imposible no sentirse uno el Caballero en el momento crucial de la salida… Y armado con aquel pobre bagaje, y siendo plenamente consciente de que allí empezaba todo, tomé un folio, lo enrollé con unción en el carro de la máquina, piqué espuelas y…

Eduardo Fraile

sábado, 18 de octubre de 2014

El hipopótamo



―Mira, baja las escaleras
como si fuera una persona, dijo entonces mi madre
sorprendida por la delicadeza y el cuidado
con que el enorme hipopótamo descendía a beber
a la fuente. Era una especie de pilón
que llenaban tres caños, y había de bajar por unas gradas
bastante estrechas, casi no cabían del todo sus rollizas pezuñas
(parecidas a las de los elefantes) dentro del escalón.
Y bajaba de lado, colocando con maravillosa exactitud
su mole montañosa, como si bailara.
Y la gente aplaudió de lo bonito que era
aquello, aquella maniobra dificilísima,
llena de gracia (de gracilidad) y de inteligencia.
Yo también, emocionado de ver al hipopótamo
en el Retiro. Fue el animal de la casa de fieras
que más me gustó de todos. Tenía cuatro años,
quizá tres. Mi padre estaba ingresado en el hospital
con meningitis, y mi madre se esforzaba en que no me diera cuenta
de la gravedad de la situación. Pero los niños saben,
se dan cuenta de todo, o al menos yo me daba cuenta
ya. Su sonrisa empañada
de preocupación, sus silencios más largos, más
profundos… ―Vamos a ver ahora a los leones.
Pero a mí ya me daban igual
los leones, y quería volver a montarme en el Metro
y regresar a casa a ver si habían traído ya a mi padre
con aquellas largas botellas de oxígeno que estuvieron luego danzando mucho tiempo
por el pasillo, hasta que se curó del todo.

Eduardo Fraile