sábado, 4 de octubre de 2014

Su calle



            Era una calle extrema del barrio de la Rondilla, y allí vivía ella durante el curso interminable, con sus muchas hermanas, todas guapas, todas con alas incandescentes que sólo yo notaba. Comencé a ir por esa parte de la ciudad, desconocida para mí, y llegaba hasta el río, el anchuroso Pisuerga, que recibía a la Esgueva un poco más allá. Ni siquiera esperaba verla, pero saber que su respiración estaba cerca mitigaba la angustia, aquella cosa tan parecida al amor no correspondido, que le pasaba a mi corazón. Me sentaba en un embarcadero y miraba la corriente, aquel agua silenciosa y magnífica, y recordaba a nuestro río de Castrodeza, el humilde Hontanija, donde jugábamos en los veranos. Donde la conocí. Cazábamos ranas y su risa salpicaba de oro mi mirada embebida, mi mirada enamorada sin remisión. Dejé de ir al colegio, o iba, pero enseguida mis pasos tomaban la dirección de la Ribera, y perdía las horas en la perplejidad del transcurrir del río de Heráclito el Oscuro como si estuviéramos en Éfeso, pero era Valladolid, el sucísimo y estrepitoso Valladolid de la Transición. Comencé, como si nada, como una extensión más de mi actitud contemplativa, a escribirle poemas que iba depositando sobre el agua en forma de barquitos de papel. Pensaba en ella sin esperanza, es decir, con esperanza desesperada, como si aquellos mensajes de un náufrago imposible fueran a ser recogidos por sus manos. Su calle era larguísima, con nombre vegetal, de una planta o así, tuve que buscarlo en el diccionario, con casas sólo en un lado y una tapia en el otro. No sé qué hizo la vida con ella, con su belleza iridiscente, con su pelo que parecía una puesta de sol. No sé qué hizo la vida… de mí.

Eduardo Fraile

sábado, 27 de septiembre de 2014

Mis armas



          Cada cual lucha con sus armas: una lasca de sílex o la más sofisticada criatura de última generación (sea esto lo que fuere). Don Quijote levanta su espada ya con moho y orín cuando decide hacerse caballero andante. Su creador, el soldado Miguel de Cervantes, usa una pluma de ganso que va mojando en tinta en un tintero de cerámica de Talavera. Cada cual lucha con las armas que ha elegido (o que le han elegido a él). Mis armas son mis máquinas de escribir. Tengo muchas, más de 100, alguna no sabría cómo ha hecho para llegar a mí. Otras las he comprado en el Rastro, o me las han regalado los amigos que decidieron un día combatir con ordenadores y tabletas…
            Es curioso, mi madre iba a la escuela con su pequeña pizarra (como esas que ahora se venden en los chinos) y con su pizarrín. Eran las tablets de entonces… Al fin y al cabo cada cual gasta su vida en perfeccionar su herramienta, en pulir y limpiar y engrasar y afilar las armas, esas armas que velamos la noche anterior a ser armados caballeros. Heme aquí, pues, Caballero de las máquinas de escribir antiguas. Qué belleza. Qué verdad. Así suena mi voz, así suenan mis palabras. O, mejor dicho, así suena el lenguaje del Universo en mí, a través de mí. Mis ángeles mecánicos que escriben solas mis libros mientras duermo…

Eduardo Fraile

sábado, 20 de septiembre de 2014

La Venta de las hermosas



          Al contrario del consenso general, a mí me gusta más la primera parte del Quijote. Libre, llena de azar, populosa de deliciosos descuidos. El lector va creando el personaje a la vez que Cervantes, que le pone en el mundo sin saber muy bien qué hacer con él (sin saber muy bien qué hará ―qué dará de sí― su criatura). Esta continua sorpresa, como un agua fresquísima, es lo que sacia, lo que sosiega al autor, a quien entrevemos continuamente en su dolorosa cotidianeidad, y lo que a la vez excita la apetencia de quien acepte acompañar a nuestro hidalgo por esos caminos de lo inesperado. De la pura aventura.
            Hoy hablaríamos de una road-movie en términos cinematográficos. El caballero se entrega a los caprichos del azar, hollando el polvo vil de la costumbre, abierto a la novedad. Cervantes se divierte. Quizá esos momentos en que vuela con la pluma en la mano son los únicos en los que vive de verdad (en que puede olvidarse de las miserias de la vida). Y no se relee. No vuelve atrás, a enmendar repeticiones, a corregir clamorosas negligencias. Qué grande ese no mirarse, ese aparente desaliño, ese franco desprecio de sí mismo.
           Y la cosa es que ese azar  de que hablaba va creando líneas sobre el plano que luego revelarán (porque el destino ama los números y la exactitud) una perfecta figura geométrica. Todo va a confluir en un centro de energía que atraerá de manera insólita a la luz, a la belleza. La venta que Don Quijote imagina castillo. Veamos llegar a Luscinda, a Dorotea, y luego a Zoraida/María, a la jovencísima doña Clara… Veamos cómo las chicas más guapas del mundo (del mundo del siglo XVII) vienen a caer allí como ángeles. En una noche mágica de un verano sin fin.
 Pues eso, en consecuencia, debía ser el cielo.


Eduardo Fraile

domingo, 14 de septiembre de 2014

El apoderado




            Tú, lo que tienes que hacer es escribir una novela. Te forrarías. Porque escribir, escribes de puta madre, nadie escribe como tú hoy en España. Pero te empeñas en hacer esos libros de versos que sólo leen las tías. Joder. Al menos no te faltarán lectoras que llevarte a la cama, pero pasta, lo que se dice pasta, nunca te va a sobrar. Mírate, si no tienes ni un puto traje decente, que pareces un clochard con ese look descuidado que te gastas ahora, con lo que siempre te ha gustado a ti la alpaca inglesa. Lo que tienes que sufrir. Tú escribe una novela. Escúchame. Qué necesitas. Yo te adelanto lo que sea, a cuenta de los derechos de autor. A ver, cuánto cobras tú de derechos por esos librillos evanescentes, delicuescentes e inconsútiles, eso si te los pagan los cabronazos que te los editan, que seguro que se aprovechan de ti. Como si lo estuviera viendo. De verdad, yo te financio. Elige un país, llévate un par de musas de esas delgaduchas y angelicales que te ponen a ti. Te doy un año. Pero tienes que escribir una novela, que aquí sólo se vende la novela. Y te la edito yo. Nos haremos de oro. Te darán todos los premios. Volverás a los viajes, los hoteles de tropecientas estrellas, las señoritas de la alta sociedad. Vamos, lo que tú te mereces. Lo de las traducciones déjamelo a mí, lo gestiona la agencia. Tú no tienes que preocuparte de nada. Arrasarás. Toma, esto para empezar. Cómprate ropa. El lunes firmamos el contrato. Un año. Una novela. Ya lo sabes. Y déjate de leches. Mucha acción, mucho sexo, mucho mucho de todo. Bien gorda, que la podamos vender a 25 pavos, 2,50 para ti, menos impuestos. Vente el lunes y cerramos los detalles. Joder, joder. El Nacional, el de la Crítica, el Cervantes, el Princesa de Asturias… ¡Y el Nobel, te darán el premio Nobel!

Eduardo Fraile

martes, 1 de julio de 2014

Bujedo (sábado, 28 de junio de 2014)



           He hablado mucho de mis tres infancias, de la suerte que tuve de ser tres niños distintos, siendo el mismo, en Madrid, en Valladolid y en Castrodeza, los veranos sin fin de la memoria. Esto constituye una suerte para quien va a dedicarse de mayor a explotar en sus libros esos filones de oro puro o de ámbar color miel donde esperan un beso de resurrección las palabras dormidas.
            Pero quizá fui un niño también en Bujedo con mis once, doce, trece años, ya rayando con el límite de la preadolescencia, porque nuestros profesores lo llamaban pomposamente así, la preadolescencia, como si fuera aquello una enfermedad aristocrática que forzosamente había que pasar, como la tisis, con sus brotes de acné y su rebeldía, y con el estirón, por supuesto.
           Bujedo, en el norte de Burgos, una isla de frondor, de verdor, de ábsides románicos y arroyos que daban berros (el valeroso río Matapán), de huertos cuyas cosechas de odas elementales nos alimentaban. Bujedo era la casa madre, el vivero de los hermanos de La Salle, nuestros educadores, nuestros maestros en el más hondo y radical y angelical sentido de la palabra, a quienes queríamos, en el improbable fututo, parecernos.
            Y qué suerte tuve también de haber estado allí, de poder recobrar hoy toda aquella riqueza, como un privilegiado. O como un elegido. Porque eso exactamente me sentí, y eso me siento esta mañana del regreso, lo que me lleva a manifestar aquí mi gratitud infinita. Resulta que tuve cuatro infancias, y quizá la mejor permanecía de algún modo preservada, conservada en un bloque de miel color ámbar hasta que quisiera (hasta que necesitara) algún día reestrenarla.
                  Y ese día ya es hoy.

                                                        Eduardo Fraile