sábado, 20 de septiembre de 2014

La Venta de las hermosas



          Al contrario del consenso general, a mí me gusta más la primera parte del Quijote. Libre, llena de azar, populosa de deliciosos descuidos. El lector va creando el personaje a la vez que Cervantes, que le pone en el mundo sin saber muy bien qué hacer con él (sin saber muy bien qué hará ―qué dará de sí― su criatura). Esta continua sorpresa, como un agua fresquísima, es lo que sacia, lo que sosiega al autor, a quien entrevemos continuamente en su dolorosa cotidianeidad, y lo que a la vez excita la apetencia de quien acepte acompañar a nuestro hidalgo por esos caminos de lo inesperado. De la pura aventura.
            Hoy hablaríamos de una road-movie en términos cinematográficos. El caballero se entrega a los caprichos del azar, hollando el polvo vil de la costumbre, abierto a la novedad. Cervantes se divierte. Quizá esos momentos en que vuela con la pluma en la mano son los únicos en los que vive de verdad (en que puede olvidarse de las miserias de la vida). Y no se relee. No vuelve atrás, a enmendar repeticiones, a corregir clamorosas negligencias. Qué grande ese no mirarse, ese aparente desaliño, ese franco desprecio de sí mismo.
           Y la cosa es que ese azar  de que hablaba va creando líneas sobre el plano que luego revelarán (porque el destino ama los números y la exactitud) una perfecta figura geométrica. Todo va a confluir en un centro de energía que atraerá de manera insólita a la luz, a la belleza. La venta que Don Quijote imagina castillo. Veamos llegar a Luscinda, a Dorotea, y luego a Zoraida/María, a la jovencísima doña Clara… Veamos cómo las chicas más guapas del mundo (del mundo del siglo XVII) vienen a caer allí como ángeles. En una noche mágica de un verano sin fin.
 Pues eso, en consecuencia, debía ser el cielo.


Eduardo Fraile

domingo, 14 de septiembre de 2014

El apoderado




            Tú, lo que tienes que hacer es escribir una novela. Te forrarías. Porque escribir, escribes de puta madre, nadie escribe como tú hoy en España. Pero te empeñas en hacer esos libros de versos que sólo leen las tías. Joder. Al menos no te faltarán lectoras que llevarte a la cama, pero pasta, lo que se dice pasta, nunca te va a sobrar. Mírate, si no tienes ni un puto traje decente, que pareces un clochard con ese look descuidado que te gastas ahora, con lo que siempre te ha gustado a ti la alpaca inglesa. Lo que tienes que sufrir. Tú escribe una novela. Escúchame. Qué necesitas. Yo te adelanto lo que sea, a cuenta de los derechos de autor. A ver, cuánto cobras tú de derechos por esos librillos evanescentes, delicuescentes e inconsútiles, eso si te los pagan los cabronazos que te los editan, que seguro que se aprovechan de ti. Como si lo estuviera viendo. De verdad, yo te financio. Elige un país, llévate un par de musas de esas delgaduchas y angelicales que te ponen a ti. Te doy un año. Pero tienes que escribir una novela, que aquí sólo se vende la novela. Y te la edito yo. Nos haremos de oro. Te darán todos los premios. Volverás a los viajes, los hoteles de tropecientas estrellas, las señoritas de la alta sociedad. Vamos, lo que tú te mereces. Lo de las traducciones déjamelo a mí, lo gestiona la agencia. Tú no tienes que preocuparte de nada. Arrasarás. Toma, esto para empezar. Cómprate ropa. El lunes firmamos el contrato. Un año. Una novela. Ya lo sabes. Y déjate de leches. Mucha acción, mucho sexo, mucho mucho de todo. Bien gorda, que la podamos vender a 25 pavos, 2,50 para ti, menos impuestos. Vente el lunes y cerramos los detalles. Joder, joder. El Nacional, el de la Crítica, el Cervantes, el Princesa de Asturias… ¡Y el Nobel, te darán el premio Nobel!

Eduardo Fraile

martes, 1 de julio de 2014

Bujedo (sábado, 28 de junio de 2014)



           He hablado mucho de mis tres infancias, de la suerte que tuve de ser tres niños distintos, siendo el mismo, en Madrid, en Valladolid y en Castrodeza, los veranos sin fin de la memoria. Esto constituye una suerte para quien va a dedicarse de mayor a explotar en sus libros esos filones de oro puro o de ámbar color miel donde esperan un beso de resurrección las palabras dormidas.
            Pero quizá fui un niño también en Bujedo con mis once, doce, trece años, ya rayando con el límite de la preadolescencia, porque nuestros profesores lo llamaban pomposamente así, la preadolescencia, como si fuera aquello una enfermedad aristocrática que forzosamente había que pasar, como la tisis, con sus brotes de acné y su rebeldía, y con el estirón, por supuesto.
           Bujedo, en el norte de Burgos, una isla de frondor, de verdor, de ábsides románicos y arroyos que daban berros (el valeroso río Matapán), de huertos cuyas cosechas de odas elementales nos alimentaban. Bujedo era la casa madre, el vivero de los hermanos de La Salle, nuestros educadores, nuestros maestros en el más hondo y radical y angelical sentido de la palabra, a quienes queríamos, en el improbable fututo, parecernos.
            Y qué suerte tuve también de haber estado allí, de poder recobrar hoy toda aquella riqueza, como un privilegiado. O como un elegido. Porque eso exactamente me sentí, y eso me siento esta mañana del regreso, lo que me lleva a manifestar aquí mi gratitud infinita. Resulta que tuve cuatro infancias, y quizá la mejor permanecía de algún modo preservada, conservada en un bloque de miel color ámbar hasta que quisiera (hasta que necesitara) algún día reestrenarla.
                  Y ese día ya es hoy.

                                                        Eduardo Fraile

domingo, 29 de junio de 2014

Tino Barriuso (sábado, 14 de junio de 2014)



         Le conozco desde hace 20 años, 21 quizá, sus alas siempre abiertas, su casa siempre abierta, sus libros que siempre abro por la página que da directa al corazón («que de bóveda sirve al corazón»). Es fácil ver en él el valor, la calidez, casi siempre ese temblor de las cosas profundas, lo conmovedor de su dicción, la delicadeza de sus versos como caricias que se clavan.
No se es un poeta (un poeta como él es) sin que cueste la vida, sin exponer la vida en cada palabra con riesgo seguro de perderla. El lector nota eso, está ahí con entidad palpable, sin tragedia ni sobreactuación, pero asombrándonos. Hay peligro. Hay verdad. Hay sencillez que canta, que va cantando camino del martirio.
            Le veo cruzar un puente en su ciudad, un puente flanqueado por las estatuas de los héroes. El río va pasando a su vez lentamente, paseante con las manos metidas en los bolsillos, mirada de unos ojos de piedra casi humanos, buey infinito bajo ese yugo esbelto de los siglos. Y por el cielo «vagos ánjeles malva» de Juan Ramón Jiménez (él que es más de Machado, de Celaya, de Hernández) revolotean como sus propias palabras… he dicho Juan Ramón, pero podría haber escrito Einstein o Newton, siendo él físico, que poeta es algo que el yo no puede predicar de sí mismo…
           Le conozco (que es como decir que le quiero, que le admiro) de más lejos todavía. De cuando el mundo nacía y unos hombres oscuros escrutaban el cielo preguntando por qué. Y las nubes han seguido pasando, y las aguas de ese río de Heráclito que es un río distinto cada vez. Y él. Y yo. Como tiene que ser. Para que la belleza, de algún modo, permanezca.

Eduardo Fraile

martes, 10 de junio de 2014

El día de la excursión (sábado, 31 de mayo de 2014)



               Las excursiones eran tres, básicamente: la de Burgos (la Catedral, el Arlanzón, Fuentes Blancas), la de Salamanca, con sus piedras directamente cortadas del atardecer, y la de Segovia, que era también la de La Granja de San Ildefonso y sus fuentes maravillosas, que se encendían sólo el día de San Fernando, o sea hoy, o sea ayer, 30 de mayo. También estaban la del Valle de los Caídos y El Escorial, ciertamente patriótica, y la de Laredo (Santander) a ver el mar. La mer, la mer, toujours recommencée, citábamos a Valéry, así, con 11 años, no en vano éramos de La Salle, un colegio francés.
            Qué buenos son los hermanos de La Salle, qué buenos son que nos llevan de excursión, cantábamos en el autobús ya desde que salíamos de Valladolid a las 8 de la mañana. Esa noche nos tardábamos en dormir, de la emoción, aunque fuera la cuarta o la quinta vez que íbamos. A mí, la que más me gustaba con diferencia era la de La Granja. Creo que nunca llegué a ver el palacio de Felipe V por dentro, pero las fuentes, esa manera insensata de hacer brotar el agua de las esculturas de bronce, verdes por el cardenillo… y cómo la luz devolvía a la vida aquellas figuras de mujer, náyades, ninfas, aquellos ángeles de alas chorreantes, toda la mitología griega y latina que habríamos de estudiar años después…
            Sí, tu niñez ya fábula de fuentes, citábamos a Guillén (Jorge Guillén), y era eso exactamente, nuestra infancia en La Granja, de surtidor en surtidor, de cisne en cisne, dibujando unas oes de asombro en cada boca. Se diría que nosotros también íbamos a producir un hermoso e irisado cordón líquido de saliva del Eresma o el Lozoya. Y regresábamos como lavados, como purificados por un bautismo de belleza, mareados de luz, de los borratajos que hacía el agua al escribir nuestro futuro…

                                                             Eduardo Fraile