sábado, 8 de julio de 2017

Los dos como para en uno

         Con esta maravillosa expresión, que sale mucho en el Quijote, se significa lo que hoy llamaríamos hacer buena pareja. Los dos como para ser uno, para ser fundidos en uno, convertidos en uno en adelante. Hechos el uno para el otro, pero con mayor profundidad si cabe: hechos los dos para ser uno, para juntarse con tal fuerza que de esa unión (unión, la palabra lo dice) resulte un solo ser indisoluble.
            Ay la indisolubilidad, palabra hermosa y dulcísima (parece que se nos hace la boca en agua) y a la vez durísima y terrible. Mientras dura el amor, la flor efímera del amor, todo anda acompasado en el fluir del universo, y dos corazones laten al unísono, con unanimidad (con una sola ánima). Pero pasará ese milagro, que atenta contra la naturaleza, y volverá la dualidad, y la unicidad no será la de dos almas que se convierten en una. Y ya no nos parecerán los dos como para en uno, sino como para en dos.
       Escribo estas palabras bajo la mirada atenta de las golondrinas, quietas y calladas (en su silencio elocuente) sobre las ramas del almendro. Entre las sorprendentes coreografías con que me obsequian, la que prefiero es el baile (a velocidad inmensurable) de una pareja en exhibición acrobática. Juntas en quiebros, picados, frenazos, loopings, sprints… como si fuesen una y no dos…
         Quizá nosotros también hayamos hecho esa figura en nuestros grandes amores. Cosas que no se pueden ensayar y que suceden porque parecerían escritas en las líneas del destino, en esos borratajos incomprensibles y delirantes que luego se revelan como rosas serenas de eternidad.


Eduardo Fraile

sábado, 1 de julio de 2017

A por agua al caño

         Íbamos a por agua al caño, con los botijos y los cántaros, a veces con el carretillo de madera donde las vasijas de barro encajaban cada una en su agujero, porque tantas veces va el cántaro a la fuente… Y más nosotros, que éramos muy niños y bien de cacharros romperíamos. Íbamos con nuestras madres, nuestras tías, llevando el botijillo más pequeño, y luego, según fuimos creciendo, ya nos atrevíamos a llevar cantimploras a las eras, que sólo tenían una boca en el centro y se tapaban con un corcho, sin asas ni nada, una todo lo más, propias para ser acomodadas en las alforjas, junto a las fiambreras.
            La despensa de la abuela Evarista, llena de frescor, con los vasares repletos de pucheros y orzas que contenían la matanza, la nasa para el pan en una esquina, las alcuzas del aceite, las lecheras de la leche… y las vasijas de barro rezumantes, que eran las que creaban esa atmósfera de cava, de bodega, de pozo, olorosa de arcillas crudas y vidriadas… En esa dependencia, aneja a la cocina, no nos podíamos quedar mucho rato, no nos fuésemos a resfriar. Otra cosa es que quisiéramos escondernos, y entonces elegíamos la nasa, y nos metíamos dentro, entre los panes. Y entre el olor a barro cocido y a pan (que también era harina cocida), a veces nos quedábamos dormidos, y al cabo venían a encontrarnos nuestras madres, nuestras tías, ay este chico, este chico.
            El caño tenía un pilón lateral de grandes dimensiones para que bebieran los animales. También se decía que en las fiestas del 8 de mayo los mozos tiraban allí a los forasteros, pero nosotros nunca íbamos a las fiestas de Castrodeza. Como para ir, desde Madrid, no nos fueran también a tirar a nosotros…


Eduardo Fraile

sábado, 24 de junio de 2017

A Gloria Fuertes

Joder la marrana.
Zurrar la badana.
Partir con la pana.
Cardar la lana.
Salir una cana.
Echar una cana
al aire. Cantar una nana.
Croar una rana.
Dar o no dar…
la real gana.


Eduardo Fraile

sábado, 17 de junio de 2017

Conversación

Estos días hablo más "golondrina" que cualquier otro idioma…
A lo mejor por la noche soñaré golondrina,
como cuando empecé a soñar en perfecto francés:
"Es como si lo recordara", recuerdo que pensé
cuando me sorprendía sabiendo más dormido que despierto.
Quizá en alguna otra vida fui francés. Quizá fui golondrina,
o lo seré, quién sabe.
Quizá he sido también un gato. Quizá fui portugués
de Lisboa. Quizá nací en un libro antes de nacer
para ser escritor, o los imprimí y encuaderné en Venecia…
en el Cinquecento. Las golondrinas me escuchan, pasan por alto
mis imperfecciones en la pronunciación, se ríen
maravillosamente de mí, pero me entienden
y me contestan con sus palabritinas.


Eduardo Fraile

sábado, 10 de junio de 2017

Animales

    Quizá fuimos crueles (inconscientemente crueles) con los animales
de niños. Aunque me recuerdo más protegiéndolos
de la crueldad de nuestros primos, que tenían carabinas
para cazar pájaros. Sí que fui pescador (con esas cañas
que hacíamos con una zarza o un varal de mimbre
de los mimbreros del Camino de Wamba). Tardes enteras
para coger medio junco de peces
que luego nos freían nuestras madres
para cenar. Según vamos haciéndonos mayores
aprendemos ─quizás─ a ser hermanos suyos:
de los animales (es decir, que son seres con ánima,
como nosotros). De hecho, si hago balance de mi vida,
creo que me he entendido mejor con ellos que con los humanos.
Y, luego, que si miramos bien, hemos sido ellos
(o lo seremos) en sucesivas vidas. Ved los pájaros,
los felinos, los cánidos, los reptiles, los bóvidos…
los equinos, los insectos, las ratas, en las cabezas de nuestros conciudadanos…
O a lo mejor por eso somos/hemos sido malos con ellos una vez:
porque son nosotros.


Eduardo Fraile

sábado, 3 de junio de 2017

Pájaros de hogaño

Quizá hay que haber matado pájaros de niño
para amarlos de mayor. Saulo de Tarso
no hubiera hecho posible el Cristianismo
sin ser primero su principal perseguidor. Con saña,
con eficacia, con la misma violencia
interior (con la misma pasión) que puso luego
en su apostolado. No sé
por qué los niños robábamos los nidos
de antaño, y los pájaros de hogaño
vuelan sobre nuestro corazón. Si he de elegir
qué ser en otras vidas (─¿Qué quieres ser de mayor?
nos decían entonces) solicito unas alas.
Y un cielo donde ya están volando los que amé,
quienes me amaron,
a los que hice llorar
cuando niño, por los que lloré de mayor.

Eduardo Fraile