martes, 1 de julio de 2014

Bujedo (sábado, 28 de junio de 2014)



           He hablado mucho de mis tres infancias, de la suerte que tuve de ser tres niños distintos, siendo el mismo, en Madrid, en Valladolid y en Castrodeza, los veranos sin fin de la memoria. Esto constituye una suerte para quien va a dedicarse de mayor a explotar en sus libros esos filones de oro puro o de ámbar color miel donde esperan un beso de resurrección las palabras dormidas.
            Pero quizá fui un niño también en Bujedo con mis once, doce, trece años, ya rayando con el límite de la preadolescencia, porque nuestros profesores lo llamaban pomposamente así, la preadolescencia, como si fuera aquello una enfermedad aristocrática que forzosamente había que pasar, como la tisis, con sus brotes de acné y su rebeldía, y con el estirón, por supuesto.
           Bujedo, en el norte de Burgos, una isla de frondor, de verdor, de ábsides románicos y arroyos que daban berros (el valeroso río Matapán), de huertos cuyas cosechas de odas elementales nos alimentaban. Bujedo era la casa madre, el vivero de los hermanos de La Salle, nuestros educadores, nuestros maestros en el más hondo y radical y angelical sentido de la palabra, a quienes queríamos, en el improbable fututo, parecernos.
            Y qué suerte tuve también de haber estado allí, de poder recobrar hoy toda aquella riqueza, como un privilegiado. O como un elegido. Porque eso exactamente me sentí, y eso me siento esta mañana del regreso, lo que me lleva a manifestar aquí mi gratitud infinita. Resulta que tuve cuatro infancias, y quizá la mejor permanecía de algún modo preservada, conservada en un bloque de miel color ámbar hasta que quisiera (hasta que necesitara) algún día reestrenarla.
                  Y ese día ya es hoy.

                                                        Eduardo Fraile

domingo, 29 de junio de 2014

Tino Barriuso (sábado, 14 de junio de 2014)



         Le conozco desde hace 20 años, 21 quizá, sus alas siempre abiertas, su casa siempre abierta, sus libros que siempre abro por la página que da directa al corazón («que de bóveda sirve al corazón»). Es fácil ver en él el valor, la calidez, casi siempre ese temblor de las cosas profundas, lo conmovedor de su dicción, la delicadeza de sus versos como caricias que se clavan.
No se es un poeta (un poeta como él es) sin que cueste la vida, sin exponer la vida en cada palabra con riesgo seguro de perderla. El lector nota eso, está ahí con entidad palpable, sin tragedia ni sobreactuación, pero asombrándonos. Hay peligro. Hay verdad. Hay sencillez que canta, que va cantando camino del martirio.
            Le veo cruzar un puente en su ciudad, un puente flanqueado por las estatuas de los héroes. El río va pasando a su vez lentamente, paseante con las manos metidas en los bolsillos, mirada de unos ojos de piedra casi humanos, buey infinito bajo ese yugo esbelto de los siglos. Y por el cielo «vagos ánjeles malva» de Juan Ramón Jiménez (él que es más de Machado, de Celaya, de Hernández) revolotean como sus propias palabras… he dicho Juan Ramón, pero podría haber escrito Einstein o Newton, siendo él físico, que poeta es algo que el yo no puede predicar de sí mismo…
           Le conozco (que es como decir que le quiero, que le admiro) de más lejos todavía. De cuando el mundo nacía y unos hombres oscuros escrutaban el cielo preguntando por qué. Y las nubes han seguido pasando, y las aguas de ese río de Heráclito que es un río distinto cada vez. Y él. Y yo. Como tiene que ser. Para que la belleza, de algún modo, permanezca.

Eduardo Fraile

martes, 10 de junio de 2014

El día de la excursión (sábado, 31 de mayo de 2014)



               Las excursiones eran tres, básicamente: la de Burgos (la Catedral, el Arlanzón, Fuentes Blancas), la de Salamanca, con sus piedras directamente cortadas del atardecer, y la de Segovia, que era también la de La Granja de San Ildefonso y sus fuentes maravillosas, que se encendían sólo el día de San Fernando, o sea hoy, o sea ayer, 30 de mayo. También estaban la del Valle de los Caídos y El Escorial, ciertamente patriótica, y la de Laredo (Santander) a ver el mar. La mer, la mer, toujours recommencée, citábamos a Valéry, así, con 11 años, no en vano éramos de La Salle, un colegio francés.
            Qué buenos son los hermanos de La Salle, qué buenos son que nos llevan de excursión, cantábamos en el autobús ya desde que salíamos de Valladolid a las 8 de la mañana. Esa noche nos tardábamos en dormir, de la emoción, aunque fuera la cuarta o la quinta vez que íbamos. A mí, la que más me gustaba con diferencia era la de La Granja. Creo que nunca llegué a ver el palacio de Felipe V por dentro, pero las fuentes, esa manera insensata de hacer brotar el agua de las esculturas de bronce, verdes por el cardenillo… y cómo la luz devolvía a la vida aquellas figuras de mujer, náyades, ninfas, aquellos ángeles de alas chorreantes, toda la mitología griega y latina que habríamos de estudiar años después…
            Sí, tu niñez ya fábula de fuentes, citábamos a Guillén (Jorge Guillén), y era eso exactamente, nuestra infancia en La Granja, de surtidor en surtidor, de cisne en cisne, dibujando unas oes de asombro en cada boca. Se diría que nosotros también íbamos a producir un hermoso e irisado cordón líquido de saliva del Eresma o el Lozoya. Y regresábamos como lavados, como purificados por un bautismo de belleza, mareados de luz, de los borratajos que hacía el agua al escribir nuestro futuro…

                                                             Eduardo Fraile

sábado, 24 de mayo de 2014

Plinio en Nigeria (Inédito en papel)



Parece que los americanos escudriñan con sus satélites espías y sus aviones Awacs el perímetro nigeriano en busca de las 200 niñas cristianas secuestradas por el grupo yihadista Boko Haram. Los ingleses y los franceses también han ofrecido sus servicios al gobierno de ese país para liberar a unos ángeles oscuros de la mano más negra aún de la barbarie. Quizá cuando pedíamos para el Domund con nuestras huchas durante aquellos años franquistas de la infancia era para estas niñas, o sus madres tal vez, para quienes pedíamos. Y los misioneros iban allí a llevarles libros, lápices y gomas de borrar.
Esas niñas que ahora vemos por la televisión cubiertas por velos (sus captores dicen que se han convertido al Islam), esas niñas a las que han arrebatado de sus clases, de sus lecciones de cosas, de sus tablas de multiplicar, esas niñas cuyo pecado ha sido ése: querer aprender, prendidas por el fanatismo, por la ignorancia, por la intolerancia…
Y nosotros también hemos querido contribuir a su liberación, sólo faltaba, a su rescate, y hemos ofrecido al gobierno de Nigeria nuestro magro concurso: 5 inspectores de la Policía Nacional. Parece poca cosa, pero cada cual da lo que puede, y más da quien da lo que le haría falta que quien da lo que le sobra. Son parábolas evangélicas, quizá las mismas que han escuchado los oídos virginales de estas niñas. Y allá van, o habrán ido, o estarán sacando billete para ir nuestros inspectores, en busca de pistas, rastros, qué sé yo, a lo mejor las encuentran vivas en una de las cuevas de Alí Babá.
Parece cosa de chiste y no lo es, pero me enternece pensar que hemos enviado a Plinio y Don Lotario a resolver un caso que excede con mucho de sus parcos recursos… Y en el mundo de hoy, que ellos no vieron porque Francisco García Pavón no pudo arribar a las costas del siglo XXI, donde la información se genera y se transmite por caminos en verdad inescrutables, me inclino a sospechar que quizá ellos, que quizá nuestros inspectores, mucho mejor que los americanos, los franceses y los ingleses, las encontrarían…


                                                         Eduardo Fraile

jueves, 15 de mayo de 2014

«Esfuciar» (sábado, 3 de mayo de 2014)



           Decíamos ayer del aire glauco y oloroso de Valverde del Camino, aquellos meses en que pude haber sido feliz. Nadie es feliz en el presente, sino en el clausurado con espada de fuego, inexpugnable e irrecuperable pasado. Decíamos la luz alta y quizá rozando la escuadra del deslumbramiento, esa sorpresa de la luz, y algo que no dijimos y quiero decir hoy al recordar mi primera inmersión en ese maravilloso confín del sudoeste, donde los ríos son rojos y el lenguaje acogedor y acariciador y, a veces, también, incomprensible.
            Allí conocí lo que eran Ventas (donde Don Quijote viera siempre castillos) mucho mejor que en la Mancha, y esos cortijos diseminados por los olivares donde se podía desayunar tostadas que uno mismo doraba al fuego, o comer migas o caldereta de cabrito. Y allí aprendí a oír el andaluz, el habla andaluza de esa parte de Huelva, que es muy diferente de la sevillana o de la gaditana, o de la malacitana o de la jienense o de la granadina…
            Y por ponerles un ejemplo, yo ya iba deduciendo mis hallazgos, mis etimologías, acostumbrando el oído a aquella música profunda y espectacular, pero había un verbo sospechoso que se me escapaba, inasible como las truchas de cobre del Tinto y del Odiel. Y era el verbo ‘esfuciar’ o ‘exfuciar’, a saber, ellos lo pronunciaban muy enfáticos: effuciá, y como con hondo alivio, casi rozando el larguero del orgasmo, con lo que llegué a pensar seriamente en placeres, o en cosas deseadas y alcanzadas, o en deberes cumplidos.
            ¿Y qué significa eso de esfuciar, que os oigo decir tanto?
Le pregunté a uno de los zapateros artesanales que se hicieron famosos cuando los progres decidieron incluir en su uniforme los botos camperos.
Muy sencillo —me contestó Juan de Mena, catedrático y tajante, exacto como sus puntadas en el cuero de Aracena—: cuando tienes un arguero y lo aquellas, pues esfucias.
           
                                                               Eduardo Fraile