viernes, 2 de enero de 2015

Jana Escribano



Ahora que de repente tu voz regresa de las profundidades
abisales del recuerdo y un estremecimiento
me clava a la pared como una mariposa de colores
en las colecciones de ciencias naturales… Ahora
que te veo en uno de esos programas de archivo de la televisión
con tu belleza intacta, en blanco y negro, en sístoles
y diástoles, echando una carrera sobre mi corazón.
Ahora que despiertas
en uno de mis sueños (en mi sueño mejor, donde tú eras
la cifra exacta del deseo) y han pasado de repente los siglos
o las edades, y las vidas quizá de los que amamos
una vez… Ahora que vuelves
(aunque en verdad siempre estuviste ahí sin yo saberlo
conscientemente)… Ahora que el espejo
me devuelve tu mirada franca e inalcanzable,
seria y acariciadora como el viento de un mar
que no figura en los mapas…
Ahora que te reconozco y sé
que te quise antes de saber amar, antes incluso
de descubrir el abismo, la Gracia,
la enajenación y el delirio del amor…
Ahora
que tu voz se levanta desde el centro del mundo
y es la llave enigmática, la música
que pone alas a todo
y que nunca he dejado de oír dentro de mi alma…
Ahora que me llamas y vuelvo a ser el niño
que no sabría dónde ir
para encontrarte…

Eduardo Fraile

sábado, 27 de diciembre de 2014

Las uñas de los pies



Ahora que tengo que ponerme las gafas de leer
para cortarme las uñas, recuerdo cuando tú me decías:
Hijo,
repásame esta mano (tus manos hermosísimas,
grandes y azules como ríos soñando
con regresar, el fuselaje de tus manos,
habría dicho Proust, aladas, góticas,
de dedos cuya cúspide yo te redondeaba
con las tijerinas…), que no me ha quedado muy allá
O en los últimos años, cuando yo te cortaba
las uñas de los pies, y tú me sonreías
con aquella dulzura capaz de hacer añicos
los tiempos, las edades y la cruel enfermedad,
y entonces tú eras de repente aquella niña
de Castrodeza, que desde muy temprano (puesto que la abuela
Evarista era albina y había que ver bien) cumplía el mismo rito
de amorosa piedad, semanalmente,
con su padre, el abuelo Bernardino…
Todos los sábados por la tarde iba Luisito
el barbero (que también era el sacristán) a arreglarle:
sus mejillas de durísimas púas de metal
quedaban como el mármol, tras pasarle dos veces la navaja
y la piedra de alumbre, y mientras él le enjabonaba
concienzudamente, mi madre iba lavándole los pies en una palangana.
Luego se los secaba con un paño
y comenzaba a cortarle aquellas uñas como de pedernal,
como chinas de trillo, con precisión y una extraña, honda sabiduría,
pese a sus pocos años, pese a su poca fuerza…
Así que en trozos recortados de papel de periódico
iban quedándose sus pelos como clavos
de herrar a las caballerías, entre el blanco jabón, y en otra hoja,
extendida en el suelo para apoyar los pies,
las excrecencias córneas de las uñas
parecían limaduras de oro que mi madre extraía
mágicamente de las raíces del abuelo:
aquel árbol sentado
cuya raíz, cuyo ramaje eran periódicamente acicalados
con oficio y amor.
Madre, no sé si alguna vez alguien hará lo mismo
conmigo. Me da igual. Cuando te fuiste
de la Tierra, yo te besé los pies. Lloré
sobre ellos largamente con estas mismas lágrimas
como letras cayendo
sobre el papel. Madre de pies bonitos,
de manos como ríos que regresan andando
de puntillas hasta mí, cada noche…

Eduardo Fraile

sábado, 20 de diciembre de 2014

La Casa del bacalao



Mi madre hacía cola todas las Navidades
para comprar el bacalao en esta tienda. O me mandaba a mí,
porque entonces los niños íbamos a hacer recados,
se decía así, hacer los recados. Me recuerdo en Madrid, con 4 años
yendo con una cesta de mimbre al mercado del barrio de Bilbao,
que era donde vivíamos, en San Telesforo, San Baldomero,
Jacinto Arcontes, esas calles extremas que ahora recorro con estupefacción
y decidida incredulidad. Pero en Valladolid ya teníamos 8 o 9 años
y una larga experiencia en tiendas de ultramarinos.
La Casa del Bacalao olía a sal
ya desde la cola en la calle Panaderos,
esos primeros días de las vacaciones
de Navidad. El bacalao, la lotería,
poner el Nacimiento, escribir la carta de los Reyes
Magos, los villancicos, los christmas, esas cosas terribles
y entrañables que nos duelen como si nos echásemos sal
(esa sal de los canteros cortados
con maestría por Heras), esa sal ultramarina
e implacable que había conservado el bacalao
de Terranova en las bodegas de los barcos, en barriles
de madera oscurísima, como si nos echásemos
esa sal a paladas en la herida
abierta del recuerdo.
                                   Cada Navidad
vengo a esta tienda a cumplir una misión
(que se ha convertido ya en una de mis maravillosas magdalenas
de Proust): y me pongo a la cola
de la mano grande y hermosa y luminosa de mi madre
―que ya no está― para comprar el bacalao.

Eduardo Fraile

sábado, 13 de diciembre de 2014

In memoriam



            Hay aquí retratos del tiempo (pinceladas de tiempo interior que nos dan el reflejo especular, en cierto modo, del tiempo, digamos, compartido, común, el aroma de época de esos retratos donde se percibe el fondo explicando el primer plano. He aquí retratos de quien fui y de quien seré, y también de otras personas, animales y cosas que me hicieron ser como soy. El juego malabar de presentes, pasados y futuros como naranjas en manos de un poeta, que quizá en este caso no sea el propio autor sino su personaje, es decir, el autor que le escribe.
            In memoriam recuerda, evoca y vuelve a resucitar a esas presentes sucesiones de uno mismo en otros tiempos, otros cielos, otras personas que han ido reflejando nuestros rostros de ayer, hasta componer un presente continuo de sorpresas y de extrañezas y de perplejidad maravillada.
            Se presenta hoy en sociedad «In memoriam» y, como estos últimos años, me veo casi en la obligación de decir unas palabras sobre el libro, ya que el autor y yo somos la misma persona. ¿Pero lo somos de verdad? Uno de los poemas se titula «El poeta Eduardo Fraile yendo a echar una carta al correo». Ese distanciamiento, ese hablar de mí desde otra parte que yo mismo, explica bien el punto de vista, el tono y la relatividad y la inestabilidad y la indefinición, en definitiva, entre yo poético y yo real.
            Desde luego, el exhibicionismo que supone toda publicación se compadece mal con la sensibilidad agorafóbica, perdón por la tristeza, del espíritu del creador. La torre (de marfil o de luz inexpugnable) no es más que una necesidad, una autoprotección, puro instinto de conservación. El poeta no sobreviviría en la intemperie de la tierra baldía, de la desolación del mundo, por eso envía a su ministro, a su yo social, a eso que yo estoy haciendo ahora, es decir, hablar de nuestro libro.

Eduardo Fraile