sábado, 24 de enero de 2015

El abuelo Bernardino II



Le veo ahora sentado en un taburete, sobre un trillo,
con las riendas pendientes de la mano
izquierda y rascándose con la diestra debajo de la boina
amarronada por el sol, pulverulenta…
                                                          Las caballerías
trazan solas sus círculos, sus espirales
infinitas con paciencia profunda, sabias
y bellas. Mulas pintadas por Cuadrado Lomas
o Vela Zanetti. El sol justo en su cenit
cayendo, derramándose en espigas de oro
tronzadas por el pedernal… Francisco Pino, Justo Alejo,
escriben su redonda eternidad
en versos que se curvan, que crujen, lenta paja
de luz, trigo sagrado…
                                   Sobre el trillo,
cubierto por las alforjas, el botijo (la botija,
de boca única tapada con un corcho)  y cantones
para asentar, para forzar a las olas del bálago
a doblar la cerviz, y, a veces,
mínima tripulación a sus órdenes, nosotros,
que somos niños, con nuestros sombreros
de ciudad. Ya no recuerdo
el timbre de su voz, pero cuando le hacíamos rabiar
decía: ¡Papo, coño, los críos de la mierda!
y también: ¡Ay qué jodidos críos, la leche que han mamado!
Le brillaba la barba, dura como una lija
del 7. Cómo se le llevaban los demonios
(o eso fingía él, capitán de aquella nave
legendaria) cuando le llamábamos:
¡Barba azul! ¡Barba azul!

Eduardo Fraile

sábado, 17 de enero de 2015

Los madrileños



Los madrileños éramos nosotros, que veníamos cada verano
en el taxi de Ramón, desde San Telesforo, 10 (desde la misma puerta
de nuestra casa, junto al jardín
donde aparcaba cada fin de semana el camión de las Vespas)
hasta Tordesillas por la carretera Nacional VI, y luego desde allí
a Castrodeza por la comarcal de Torrelobatón y Medina de Ríoseco.
O sea que llegábamos a casa de la abuela Evarista
en un Seat 1500 negro con una raya roja,
y ya olía a longanizas friéndose en la sartén
y a torreznos crujientes con que nos reponíamos del viaje
y se agasajaba a Ramón, que colgaba su gorra
de plato en uno de los clavos de las vigas.
Todo eran gritos de alegría, alguna lágrima,
los besos de la abuela y las tías, que sabían a pan
candeal, al pan lechuguino de Valladolid, tan apreciado en Madrid…
El humo de paja fina de la lumbre, los gatos
merodeando entre nuestras piernas
de niños de ciudad, los ladridos serenos de Milord
y la Canela… Eso era la puerta
de entrada al Paraíso, eso era el regreso
al infinito verano, a las cuadras, a las trillas,
a los cántaros itinerantes, a los escriños de los huevos,
a la nasa para el pan. Las eras, el molino
con su presa de aguas insondables, el plantío, el Marrandiel
con sus álamos altísimos, el río con sus ranas
y sus cangrejos y sus barbos, que pescaríamos y merendaríamos
tardes de oro sin fin. Ramón se volvía solo
tras el almuerzo reconfortador, y salíamos a despedirle a la portada
donde bordoneaban las abejas de la luz. Volvería
a por nosotros en septiembre, pero septiembre no tenía realidad
aún, era como decir… no sé, el día de mañana
como repetían nuestros padres, o cuando seáis mayores, el futuro,
la interminable madurez del verano, la vida…

Eduardo Fraile

sábado, 10 de enero de 2015

Calle Niña Guapa



            En mi ciudad hay una calle que se llama Niña guapa, calle de la Niña Guapa, muy cerca de la mía, que es Industrias, en ese contexto de la plaza Circular, la Vía, Vadillos y San Juan, que es por donde escriben mis pasos palabras incomprensibles, borratajos del niño que no he dejado de ser sobre el cuaderno, sobre el plano, sobre el mapa mudo y a la vez elocuente de Valladolid. Valladolid al filo de mi infancia, se titulaba el hermoso discurso de ingreso en la Academia de Bellas Artes de Antonio Corral, él ya en el cielo de la literatura pinciana, entre las isobaras nobles y céntricas de Angustias y la Bajada de la Libertad.
            No sé, me reconforta pensar que mi ciudad, que quizá me dedique un día alguna de sus calles insólitas, tenga entre la nomenclatura de su laberinto un tramo que recuerda la belleza sin nombre, olvidada quizá, de una niña del barrio. Se dice que venían de otras zonas de la urbe (como ahora vienen a comprar el pan, que es aquí más barato) para ver la singular belleza de aquella niña. No chica, no muchacha. No pucella. Valladolid, Pucela, que significa en latín precisamente eso: doncella.
            Muy graciosa es la doncella/¡cómo es bella y hermosa!/ Digas tú, el marinero/ que en las naves vivías,/ si la nave o la vela o la estrella/ es tan bella./ Digas tú, el caballero/ que las armas vestías,/ si el caballo o las armas o la guerra/ es tan bella./ Digas tú, el pastorcico/ que el ganadico guardas,/ si el ganado o los valles o la sierra/ es tan bella.
            He recordado, de un tirón, este hermoso poema de Gil Vicente. Así debía ser aquella niña, así su belleza novísima, limpísima, sencillísima. Inasible, inaprensible, inaprendible de memoria. Sólo por el corazón.

Eduardo Fraile

viernes, 2 de enero de 2015

Jana Escribano



Ahora que de repente tu voz regresa de las profundidades
abisales del recuerdo y un estremecimiento
me clava a la pared como una mariposa de colores
en las colecciones de ciencias naturales… Ahora
que te veo en uno de esos programas de archivo de la televisión
con tu belleza intacta, en blanco y negro, en sístoles
y diástoles, echando una carrera sobre mi corazón.
Ahora que despiertas
en uno de mis sueños (en mi sueño mejor, donde tú eras
la cifra exacta del deseo) y han pasado de repente los siglos
o las edades, y las vidas quizá de los que amamos
una vez… Ahora que vuelves
(aunque en verdad siempre estuviste ahí sin yo saberlo
conscientemente)… Ahora que el espejo
me devuelve tu mirada franca e inalcanzable,
seria y acariciadora como el viento de un mar
que no figura en los mapas…
Ahora que te reconozco y sé
que te quise antes de saber amar, antes incluso
de descubrir el abismo, la Gracia,
la enajenación y el delirio del amor…
Ahora
que tu voz se levanta desde el centro del mundo
y es la llave enigmática, la música
que pone alas a todo
y que nunca he dejado de oír dentro de mi alma…
Ahora que me llamas y vuelvo a ser el niño
que no sabría dónde ir
para encontrarte…

Eduardo Fraile