sábado, 16 de junio de 2018

Paco Casado, Javier Prieto Calleja, Teresa Seoane recuerdan


Paco Casado (Paquillo). Barra de la taberna El Pala, calle San Blas, 1991. Interior/día

        Os apuesto lo que queráis a que va a pagar ella. Siempre, desde que le conocí en La Luna a principios de los 80, cuando estaba el Tony, el poeta va con tías como ésa, que no sé de dónde las saca, el muy cabrón. La cosa es que él no liga nunca, pero caen como moscas. Y siempre pagan ellas. Una vez se me ocurrió decir media palabra sobre él, en la barra del Capitol o del Flash-K, no me acuerdo. Pues estaba allí pidiéndose un gin-tónic una de sus conquistas, que creo que ni salían ya ni nada. Y a que no sabéis qué pasó. No, un puñetazo no me dio, pero sí me tiró el gin-tónic a la cara, con piedras de hielo y toda la pesca. No, en La Curva debió ser, que estaba el Ángel. Ahí me di cuenta de que algo tendría que tener, el gilipollas ése…

***

Javier Prieto Calleja recuerda, años después

        Yo acompañaba a Eduardo a la guitarra, en sus primeros recitales. Ensayábamos en casa de mi madre, en la calle Asunción. La verdad es que no era difícil, me conocía al dedillo sus poemas. No se parecían en nada a lo que escribe ahora, que es casi narrativa confesional. Pero toda esa claridad y luminosidad de su escritura viene de entonces, cuando las palabras saltaban como fuegos artificiales en medio de la noche. Yo entonces llevaba el pelo largo. Tengo la cara delgada y pálida, y a veces me confundían: creían que el poeta era yo. Daba la imagen romántica del poeta bohemio, enfermo de tisis, a punto de dejar la vida. Y la cosa es que tuve luego una tuberculosis de verdad… Escribí un prólogo para su primer libro "Ningún otoño es amar…", lo titulé: Guía para lecturas esquivas, y era un triálogo entre el poeta, un cerezo y el viento…

***

Teresa Seoane. Exposición Internacional de Lisboa, 1996. Pabellón de España. Interior/día

       Nunca le dije nada, pero yo iba allí por él. De repente empezó a salir con una chica muy guapa, parecía modelo, o algo así. Vestía muy bien. Ya casi no se le veía solo, estaban siempre juntos. Me moría de envidia…, pero si antes no me había atrevido, ahora menos aún. Incluso me alegré por él. Se le veía feliz de verdad. Ya no tenía esa cosa de soledad y desamparo que le rodeaba a veces, y que le hacía tan atractivo. Pensé que no duraría. Esa clase de chicas no suelen durar… Dejaron de ir por La Luna, o al menos yo ya no les veía allí. Probé a ir a otras horas, y nada. El rubio de los bigotes, que debía ser el jefe, me dijo un día que se habían ido a Estados Unidos, así que yo también dejé de ir poco a poco a aquel café. Volví a verle años después, un verano, aquí en Lisboa, y entonces sí le hablé.

Eduardo Fraile

sábado, 9 de junio de 2018

Big-Bang

       La primera vez que te vi estabas ahí sentado, escribiendo. Me gustaste enseguida, todo de negro con tu cuaderno blanco y un lápiz Faber Castell. Entonces nuestros ojos se encontraron y por la expresión de tu cara se diría que hubieras visto un fantasma. Te quedaste blanco como el papel donde estabas escribiendo, o dibujando, al principio pensé que serías un artista. Qué mono estabas con tu lápiz. Y de golpe te empezaste a poner colorado… Me pedí una tónica y cuando te volví a mirar estabas rojo como un tomate. Dios, qué fuerte. Me tuve que contener para no reírme en los bigotes de Tony. A ver cuánto tarda en bajársele el rubor, pensé, y te observaba por el rabillo del ojo. Me bebí medio vaso de un trago. Me estaba excitando yo también. Fui al baño y me miré en el espejo. No puede ser, no puede ser. Me mojé un poco la cara y al salir tú venías también, a lo mejor para hacer lo mismo, pero alguien te dijo algo desde una mesa y eso evitó que chocáramos en el último segundo. Pagué y salí a la parada de taxis. Me latía a mil el corazón. Yo había quedado, pero no me pude esperar y tampoco tenía ya ninguna gana de estar con nadie ese día. Ahí mi cuerpo te eligió a ti. El cuerpo sabe. La inteligencia es muchísimo más lenta. Ante mi propia sorpresa le di al taxista la dirección de casa. Me metí en la cama completamente desnuda y me masturbé cinco veces antes de poderme dormir.

***

Cuando volví del servicio ya no estaba. Vi su vaso de tónica todavía en la barra, pero enseguida Tony lo retiró. Me había mojado la cara y el pelo, pero aún tenía desbocado el corazón. Casi nos habíamos chocado. Ella venía mirándome directamente, abiertamente, pero alguien tiró de mí desde una mesa oportuna/inoportunamente. Ay. Me iba a matar un adverbio, pero tú ya me habías atravesado el corazón. Me senté en el diván e intenté tranquilizarme. Era la primera vez que la veía en La Luna. Me acerqué a preguntarle a Tony.
¿Te ha impactado, verdad? Ponme una tónica como la suya, me he quedado como si hubiera corrido un maratón. Era de las Delicias, no sabía mucho más. Últimamente solía venir sobre estas horas, pero no todos los días. Me bebí la tónica, que me dio más sed, y me marché de allí. Era la primera vez que me pasaba esto: alguien había tomado el poder sobre mí completamente. ¿Qué sentido tenía seguir bordando palabras en mi bastidor de oro cuando una mirada que no era de este mundo me había citado en el campo de batalla?


Eduardo Fraile

sábado, 2 de junio de 2018

El vencejo


        He dicho en algún momento de este diario algo sobre la voz de Elena. Su calidez confidencial, casi confesional, su timbre de secreto. Su lacre de secreto, su carta escrita y sellada que sólo podía abrir el elegido por ella. Y así era su voz, una carta traída por un mensajero como en los cuentos, a caballo, a través de bosques tenebrosos, atravesando peligros, y que nos era entregada con una reverencia profunda o con una genuflexión. Así llegaba su voz a nuestro corazón deseante, sediento…
          Yo bajaba por Alonso Pesquera, por la acera del Santuario. Sería marzo o abril, quizá mayo. Llevaba un jersey negro y unos Levi′s también negros, y una bolsa de lona militar, donde guardaba los cuadernos y los lápices de dibujo. Daban las 7 en el campanil del Colegio de los Escoceses. Y de repente algo cayó de lo alto ─¡zas!─ y se me quedó prendido del jersey. Justo sobre el corazón, que se me desbocaba con el susto. Y me batía como con eco, pues otro latido menor venía a sumarse, a incorporarse a él: era un pajarillo muy oscuro, una cría de golondrina o de vencejo, y entré en La Luna condecorado con esa medalla viva que se aferraba al tejido del jersey con desesperación.
          Elena estaba en la barra, sola, tomándose una ginebra con limón exprimido. Todo sucedió con sorpresa y naturalidad, como si tuviésemos una cita que no teníamos, y así, a cuenta del pajarillo, me llovió también sobre el alma su voz de terciopelo acariciado y acariciador, y esas dos suavidades, la de las plumas del vencejo (─es un vencejo, si se cae da con las alas en el suelo y no se puede elevar), que ella atusaba con uno de sus dedos, y la de sus palabras dirigidas a mí por primera vez, se sumaban también a la emoción del momento.
             ¿Has quedado? ─me susurró.
             No, ¿y tú?
             Yo tampoco, había bajado sólo para estirar las piernas.
               Se quedó pensativa, como tramando algo, y me tiró de una manga:
             Pues ven. Vamos a soltar al vencejo desde mi tejado.
           Y subimos a la buhardilla que yo ya conocía, y accedimos al tejado por una tronera desde su habitación. Allí arriba, sentados en las tejas, intentábamos soltar las patitas engarfiadas del vencejo, que luego tampoco se quería desprender de mi mano. De hecho, me hizo un poco de sangre en un dedo, que ella me chupó:
            Sana, sana, culito de rana
           Y así fue como tras lanzar al vencejo contra el cielo de la primavera ─sí que debía ser más bien el mes de mayo─, nos besamos, y allí mismo, sobre una catástrofe de tejas rojas que se resquebrajaban, hicimos el atardecer.

Eduardo Fraile

sábado, 26 de mayo de 2018

Julio Toquero


            Julio Toquero tenía tres o cuatro años menos que yo, lo que a esas edades era como decir que fuésemos de generaciones distintas. Había alquilado un estudio de pintor en la Calle Platerías, y creo que nos presentó su hermana Marycha: ─Tienes que conocer a Julio, os vais a caer genial. Pintaba cuadros entre Dalí y Giorgio de Chirico, esa especie de surrealismo de paisajes oníricos llenos de estatuas griegas y columnas desbaratadas.
       ─Hombre, Julio, sólo te falta titular eso: Esto no es un cuadro de René Magritte.
          Pero una tarde llegué a eso de las 6. Tenía las ventanas abiertas sobre el tráfico de Platerías (entonces, aunque pueda parecer inexplicable, pasaban coches por allí). Ese balcón estaba sobre una mercería, a dos metros de la calle. Y toda la luz daba sobre el cuadro que tenía sobre el caballete. Me quedé boquiabierto. Frescas y sueltas pinceladas, liberadas, por así decir, de todo aquel constreñimiento del dibujo minucioso ─y prodigioso─ que venía haciendo hasta entonces, presentaban una figura vivísima y tristísima, el vivo retrato de la desolación, pero con una fuerza y una ─paradójica─ alegría que no me dejaba articular palabra.
            ─¿Te gusta?
            ─¡Es maravilloso! ¡Éste sí que es tu primer cuadro!
            ─Pues para ti.
            Muchos años después usaría yo ese cuadro ─"El idiota", lo tituló él─ para la portada de mi libro "Retrato de la soledad". Luego tuvo otro estudio en José María Lacort, a igual distancia de La Luna y la casa de su madre, en Fidel Recio, frente al patio del colegio La Salle. Estaba cantado que Julio se marcharía a Madrid, y se fue, pero antes pudimos compartir esos años aurorales y alboreales de nuestras carreras contra la Nada. En 1985 publicamos juntos NOPOEMA, así como para que quedara constancia de que nos queríamos y nos admirábamos mutuamente.
          Una noche, ya serían las 11 u 11 y media, se presentó en La Luna con un cuadro recién pintado ─venía directamente del estudio─ y me lo dijo a bocajarro:
            ─Que me he acordado de que hoy es tu cumpleaños.
Mientras escribo estas palabras lo tengo a mi derecha: un hipopótamo amarillo en una bañera en plata y carbón sobre fondo verde y suelo de baldosas rojas. "Para Eduardo, mi amigo, un hipopótamo". Así dicho es difícil transmitir la magia que conseguía Julio Toquero con aquellas nuevas, directas, fulgurantes pinceladas. Y, enfrente, su escalera en rosa, de la que ya he hablado en otro momento de estas columnas rotas, diseminadas por el campo del recuerdo: en Lisa/1, creo recordar. Querido Julius, espero que estés bien, al recibo de la presente…

Eduardo Fraile

domingo, 20 de mayo de 2018

Marilén/ Primavera


                Umbral hace la novela de María Jesús, la estudiante que iba al Gijón con su grupo de compañeras de facultad. Esa novela es "Si hubiéramos sabido que el amor era eso". Pero no hace la novela de la modelo Belén. "Yo hubiera sido un hombre distinto si la vida me hubiese llevado con una o con la otra", creo que reflexiona al evocarlas en "La noche que llegué al Café Gijón". Belén/ Nazareth/ Marilén. "Marilén, otoño-invierno", se titula uno de sus primeros cuentos, en el que aboceta esa posible novela del futuro. Pero nunca quiso hacerla. Nunca la pudo hacer.
          ¿Qué fue de la modelo Belén, cuyo retrato hermosea, hasta dejarlas temblando, las páginas de La noche que llegué al Café Gijón? Como dejó su alma de buscador y gustador y adorador incansable de la belleza femenina. Incluso yo no me atrevo a traer aquí ese retrato lírico de su belleza ojival, de su perfil griego de arcángel o de caballo con alas de la Ilíada. Nos hubiéramos perdido posiblemente todos sus libros maravillosos, pero la Literatura era una fuerza interior que había de llevarle por otros caminos (o por los mismos, pero sin ella).
            Estas cosas piensa uno desde el punto de vista del lector o del escritor, alternativamente. Se me ocurre, incluso, la idea de intentar buscar a María Belén, si vive todavía, o localizar aquellas revistas de los 60 en que salía retratada, o entrevistada, y Umbral nos cuenta esa mañana de domingo en que queda con ella y un fotógrafo en un museo para entrevistarla: "Acudió con el pelo muy corto, envuelta en una gabardina roja y guateada, con toda una noche a cuestas (se le notaba demasiado) y mojada por la lluvia de la mañana. Quedó muy bien en las fotos. Quedaba siempre bien".
            Sólo deja apuntada en 4 o 5 páginas el retrato y la posible novela de Nazareth, de Belén, de Marilén. Es quizá el momento más lírico y sobrenatural del libro, teñido de desazón y profunda melancolía. Por el café pasan y posan los grandes y pequeños escritores y artistas, las figuras y los figurantes de este friso magistral del Madrid ─de la España─ de los años 60. Pero la reina indiscutible de estas páginas es ella, de quien nos enamoramos sin remedio y sin esperanza, incondicionalmente, como le sucediera al propio autor.

Eduardo Fraile

sábado, 19 de mayo de 2018

Las dos Lunas


          La Luna de Tony tenía unas mesas camilla vestidas de tela verde hasta el suelo, con cristal (con luna, diríamos con redundancia). Unos 9 veladores en total, cuento mentalmente 35 años después: La Luna que cerró el pasado verano ya no se parecía en casi nada a aquella de los 80, más elegante y diáfana. El traspaso a Coral y Arturo, en el 83, inició una larga caída hacia lo que acabó siendo en este siglo, más una cervecería que un café. Con su historia y su leyenda, por supuesto, pero las siguientes generaciones no tuvieron la oportunidad de ver y disfrutar aquella magia, aquella luz y aquel chic que nos sedujo a tantos y que añoramos todos los días en que nuestra órbita busca ese satélite (para nosotros nuestro planeta) sin encontrarlo ya.
            La delicadeza, la música, la calidad sobrenatural del público femenino que caía por allí como si fueran ángeles (y en realidad lo eran). El recuerdo embellece, es cierto, y más si lo que se recuerda son los días de nuestra juventud. La década en que tuvimos 20 años es nuestra década gloriosa. La juventud es épica. La madurez es lírica. Pero busco en el plano de hoy, en la ciudad de hoy, todas aquellas cosas que viví y sólo encuentro briznas, sorbos, atisbos, cuando no jirones y desolación. Buscas en Roma a Roma, oh peregrino/ y en Roma misma a Roma no la hallas:/ despojos son las que ostentó murallas…
          Y cuántas veces he regresado por una puerta secreta de la luz a mi café primigenio, mudando épocas y calles como quien vuelve a la ciudad muchos años después y se niega a sustituir la imagen añorada por la que le ofrece la realidad, ese cambio brutal que el ciudadano no nota por ir produciéndose al ritmo de asimilación de la costumbre. Y no está mal elegir quizá de cuando en cuando qué año, qué época vivir en el día de hoy, recorrer el itinerario sabido e incorporado por nuestro organismo y volver a aspirar el aroma de tal o cual aire, y entrar en comercios y tiendas que ya dejaron de existir… y fijarnos en pisos y en balcones donde vivimos y amamos una vez…
            ─Háblame como la lluvia. Háblame como si estuviéramos en Valladolid.
            ─Echas de menos La Luna.
          ─Nos echo de menos a nosotros cuando aún no nos conocíamos. Cuando yo pensaba que a lo mejor no íbamos a estar nunca juntos, así.
            ─¿Cómo es así?
          ─Después de haber hecho el amor. Antes de hacerlo de nuevo por primera vez.
─Tú conoces la lluvia de Londres. La de París…
─Y esta lluvia verde que huele tan bien. Yo nunca había estado en la montaña.
─No hay montañas en tu pequeño planeta.
─En mi pequeño planeta sólo hay ciudades grandes donde no estabas tú. Por eso he tenido que venir a buscarte.
─Algún día te irás.
─Sí, pero te vienes conmigo.
─Y con la lluvia.
─A la Luna. Cómo te echo de menos en La Luna, ahora que no estamos allí…

Eduardo Fraile

sábado, 12 de mayo de 2018

Ana Ruiz, Ché, Asun


Ana Ruiz (novia de Tony por entonces)
Terraza de La Luna. 13h. Sol de mediados de junio de 2015

                Se me hace difícil no recordar de golpe aquellos días, teniéndote aquí. Qué casualidad encontrarnos en esa presentación de Tino Barriuso, aunque yo te he seguido la pista desde lejos. Sales mucho en los periódicos. Cuando hace diez años o así fui a que me firmaras Teoría de la luz, en la Feria del Libro, no me reconociste. Si no te llego a decir nada… La verdad es que el tiempo te ha tratado bien. Bueno, no bien. Se ve que has sufrido lo tuyo, pero estás muy… Seguro que se te rifarán las jovencitas, menudos putones están hechas. Si lo sabré yo, que me dedico a la enseñanza. Pues sí, ya ves, en un Instituto de aquí, al cabo de los años. Hace mucho que no sé nada de Tony. Uf. De repente se me ha venido todo a la cabeza, desde que nos vimos ayer. No he dormido nada esta noche. Por eso llevo las Ray Ban. Quita, que no quiero que…

***

Ché (Jesús Mª García Pérez), propietario del Café El Minuto
Barra de El Minuto, 11:30h de la mañana

            Él viene por aquí casi todos los días sobre esta hora. Suele sentarse en esa mesa de la cristalera, si está libre. Es un momento de mucha animación, según épocas. Si los alumnos de la Escuela de Arte vienen en el recreo, casi no damos abasto, y somos tres en la barra. No, no se queda mucho tiempo. Lee un periódico, a veces, raramente, saca un cuaderno de la cartera y toma unas notas. Otras veces se queda como mirando hacia dentro, esa manera que tiene de estar aquí pero a la vez en otra parte (y sobre todo en otro tiempo). Como cuando le conocí en la primera época de La Luna. Nosotros íbamos mucho a aquel café, éramos unos críos, como estos de la Escuela, y nos fijábamos en él. Siempre estaba rodeado de chicas, a cual más guapa, pero parecía no hacerlas mucho caso, como si estuviera pensando en otra que precisamente no estuviera allí. Es un honor tenerle ahora en mi propio Café.

***

Asun/ Madreselva
Floristería Madreselva en su actual ubicación de la Calle del Santuario. Interior/día.

            A La Luna íbamos mucho mi amiga Rosa y yo. Nos gustaba ver al poeta entre sus musas, o mejor en soledad. Luego ya decíamos Eduardo, simplemente. Yo le tejí un jersey de lana. Me da un poco de vergüenza decirlo. Quizá sí me hacía tilín, y hablé con él varias veces, y quizá hubiéramos podido darnos una oportunidad. Pero no sucedió así. Yo también le gustaba, estoy segura, pero creo que él tenía la cabeza en otra parte. Yo luego puse una floristería en la plaza de la Cruz Verde, e incluso tuve que hacerle ramos de rosas para otras (y algunas de esas otras eran amigas mías). He leído alguno de sus libros, pero el que más me gustará siempre es Nopoema. He ido también a alguno de sus recitales. Ahora mi floristería está en esta calle, hace ya años que no me encarga ramos de flores para chicas. Sólo alguna planta para su estudio, o rosales para el jardín de Castrodeza, al comienzo de cada primavera…

Eduardo Fraile