martes, 25 de abril de 2017

La Anunciación (prólogo de Óscar Esquivias a «Me asomo a la ventana y pasa un ángel»)

          Con qué cuidado, casi con qué temor, abríamos de niños la puerta de la habitación (de la alcoba, decíamos entonces) y, si éramos los primeros en despertarnos, bajábamos a la cocina o a la gloria, en aquellas casas grandes de pueblo, durante el verano. Qué sensación clandestina cuando caminábamos con pasitos de gato (quizá de pájaro, más bien de ángel) por aquellos caserones donde todo hacía ruido, chirriaba y tenía eco, mientras los adultos dormían tras las puertas enormes, severas e infranqueables.
            En la gloria, un reloj colgaba de la pared y contaba sonoro los segundos como quien chasca la lengua. Un calendario de taco del Sagrado Corazón anunciaba el santo del día y la fase de la luna. A mí me gustaba mucho arrancar la hojita, como si yo fuera el heraldo (mudo) del nuevo día, como si sólo con aquel gesto amaneciera de verdad. Sobre la mesa, un ejemplar atrasado del diario que se editaba en la capital de la provincia (el periódico en el que, algún día del futuro, alguien pondrá a la venta una máquina de escribir Royal, una máquina poética que luego sólo sabrá escribir versos –y quizá algún artículo de periódico que también será pura poesía–).
            Luego, hasta que todos despertaban, el niño se arrebujaba en una manta y entretenía el tiempo con un libro (¿qué otra cosa mejor podría hacer?), una de esas novelas que había llevado desde la ciudad, prestada por una biblioteca pública, porque en la casa del pueblo no había libros.
            Quizá aquella novela era El camino de Miguel Delibes. O quizá el Quijote.
            Muchos niños de ciudad hemos pasado los veranos en el campo, como pequeños frayluises, y tenemos recuerdos similares: el mismo sol nos acariciaba a todos, nos emocionaban los mismos los libros, jugábamos exactamente en la misma calle (aunque estuviéramos en provincias diferentes), nos bañábamos filosóficamente en el mismo río y yo diría que nos enamorábamos de la misma persona (no importa su nombre ni su sexo).
            Pero sólo uno será el dueño de esa máquina de escribir Royal. Todavía no sospecha que será poeta. O quizá sí. Ese niño estaba lleno de amor y quizá intuía que tendría que contar (que contarnos) todo lo que veía y sentía. Por eso caminaba con los ojos y los oídos muy abiertos. Para que nada se perdiera en el desagüe del tiempo.
            Podemos dar a ese niño el nombre de Eduardo Fraile.
            Eduardo Fraile es un hijo castellano de Proust, tan sensible, tan sensitivo, tan amante de la belleza como él, con el mismo afán de salvar el tiempo vivido (que no perdido) y de compartirlo con sus lectores. «Mirad todo lo maravilloso de la vida», parece decirnos. «Estaba ahí, delante de nosotros, y no sabíamos verlo».
            Eduardo Fraile ha llamado a su pueblo Castrodeza; a su ciudad natal, Madrid; y a la otra ciudad donde se crió y completó su infancia, Valladolid (y allí sigue, como un niño grande). Son lugares que aparecen en los mapas. Cualquiera puede visitarlos; son sitios reales, podríamos decir. Sin embargo, su verdadera existencia, la más honda y conmovedora, está en los versos y las líneas donde Eduardo Fraile los menciona: pertenecen al territorio de la literatura, esto es, al de la memoria, la fantasía y la belleza.
            Castrodeza, por ejemplo, es uno de los nombres del Paraíso, la capital de un país feliz que se llama Verano (con mayúscula, como España). Este Verano, durante la infancia, es una nación ubérrima y casi ilimitada, tan extensa como aquel reino de los siete mensajeros que cuenta Buzzati y cuya soberana debería ser la dulce infanta Margarita. Tal reino tiene una frontera de quitadesayunos («quitameriendas», llamamos a esas flores en Burgos) y en él crece un cerezo con las iniciales del primer amor (que es el verdadero Árbol del Conocimiento). Hay también un ángel con una espada de fuego que guarda el Edén. Pero esa tea, lejos de asustarnos o de expulsarnos de allí, nos ilumina el camino de vuelta a aquellos veranos infinitos. En Castrodeza, gracias a la memoria de Eduardo Fraile, vemos a esas personas que traspasaron las puertas de la vida pero que se resisten a dejarnos. Allí están, otra vez afanados en sus cosas, Luisito, el cartero, que lleva la correspondencia a cada casa aunque esté mal escrita la dirección en el sobre, y el abuelo Bernardino («ay, qué jodíos niños», se queja ante el alboroto infantil), y la hija de Ramón, el taxista; el alguacil Severo (a quien hirió un rayo); la abuela Evarista (que reparte la propina a una fila de diecisiete nietos); una madre (la madre) que baja a lavar y tiende las prendas sobre los cardos con ese mimo que vemos en las Vírgenes de Rafael o Sebastiano del Piombo. Todos son como figurillas de un bellísimo belén napolitano trasplantado a Castilla. Estas personas pasaron por la vida, la iluminaron con su bondad, ahora son ángeles y siguen aquí, con nosotros. «Miradles», nos dice Eduardo Fraile. Si pegamos el oído sobre las páginas, las oiremos latir. Si atendemos, podremos escuchar un coro jubiloso de querubines siempre alegres que, como golondrinas o abejas, revolotean alrededor del niño.
            Este libro tiene tres partes. La primera («La razón») está compuesta por 48 artículos que se publicaron en el periódico homónimo, en su edición castellanoleonesa, en una sección titulada «Sobre los ángeles». Las otras dos (cuyos títulos completan la frase cervantina: «…de la sinrazón» y «…que a mi razón se hace») tienen, cada una, otros tantos textos, muchos de ellos en verso, y aparecieron en ese mar insondable al que llamamos Internet. No todo son evocaciones del pasado, ni mucho menos. Hay también comentarios de actualidad, recomendaciones de películas, novelas o exposiciones. El conjunto conforma un verdadero devocionario (esto es, un libro de devociones artísticas: un canto a la literatura, el cine o la pintura) y un autorretrato milagroso: cuando Eduardo Fraile se mira en el espejo de su vida, es muy posible que el lector contemple su propio rostro y repase las emociones más hondas de la infancia, de la dorada juventud («negli anni d'oro della mia gioventù», diría Giorgio Bassani, el hijo italiano de Proust, hermano por tanto de Eduardo Fraile) y de la madurez. El arte, la memoria, el amor y la belleza son los cuatro pilares sobre los que se alza este palacio de cristal desde el que se contempla el vuelo de los ángeles.
            A mí me parece asombroso que estos artículos se publicaran en las mismas páginas donde iban las noticias del día, junto a las ásperas columnas políticas, los anuncios, los pasatiempos o el horóscopo, todo tan fútil y efímero que convierte al periódico, al día siguiente de su publicación, en un papel viejo (apto, como se dice en este libro, para limpiar cristales, alimentar cabras o usarse de papel higiénico en la cuadra). Pero ahí, en los surcos entintados de un periódico (y luego en Internet) florecieron los textos de Eduardo Fraile, tan delicados como los quitadesayunos en el campo, bellísimos como los paneles de un retablo pintado por Fra Angelico.
            Y yo, hoy, me siento muy afortunado por ser el ángel anunciador de esta obra maravillosa, el que primero pisa su umbral, el niño que abre la puerta y se detiene aquí temeroso, agradecido, bañado por la luz dorada que desprenden las páginas que vienen a continuación.

            Son tuyas, lectora, lector.

sábado, 22 de abril de 2017

Las velas

            Pocas veces íbamos a Castrodeza por Semana Santa, pero de las veces que fuimos lo que más me gustó de los Oficios fue la vigilia del Sábado Santo. Se hacía ya cuando había anochecido, y teníamos que llevar cada uno nuestra vela de casa, una vela grande de cera blanca (de cera color cera de pueblo, de marfil curado como los chorizos, que pendían de las vigas del techo, en la cocina).
            Y a esas velas de cera de las abejas del abuelo había que ponerles nuestro nombre, rayándolo con una punta o una lezna, y luego pasando por encima un dedo de pimentón. La ceremonia del cirio pascual no sabría hoy decir muy bien en qué consistía, pero la cosa es que había que dejarlas todas juntas (para que las bendijese el cura, o algo parecido) y por eso luego, al irlas a coger, se armaba allí un respetuoso barullo, cada cual buscando su nombre, su vela, como si la propiedad privada fuera un principio que ni la religión se atrevía a poner en entredicho, con lo hermoso que hubiera sido donar cada uno su vela como ofrenda y luego recibir la que le tocara, mejor o peor (más o menos eran todas parecidas), en el reparto de la gracia divina, o de la iluminación del Espíritu Santo, o lo que fuere. Pero quizá eso era posible confundirlo con el Comunismo.
            Luego esas velas se usaban, a ver, sobre todo durante las tormentas, cuando se iba la luz. Lo digo porque sería maravilloso encontrar en alguna lata de Cola-Cao algún cabo de vela con mi nombre de niño, quizá uno de mis primeros autógrafos fuera de los cuadernos escolares, quizá mi primera dedicatoria, no sobre un libro, no sobre un árbol o sobre una pared, no en la arena de una playa, sino en una libra de cera que yo no había fabricado, pero cuya llama salía de mi corazón.


Eduardo Fraile

sábado, 15 de abril de 2017

El tintero

            Lo tengo aquí, sobre mi mesa (sobre mi tabla de navegar). Es un hermoso tintero modernista, calculo que de principios del siglo XX. Sobrio y elegantísimo, equilibradísimo y sinfónico juego de cristal, metal (dorado) y mármol negro (la base, en la que también hay un soporte para la pluma). Lo he comprado esta mañana de Domingo de Ramos, en uno de los puestos de Fuente Dorada. Entre el gentío de la procesión de la borriquilla y los paseantes de la mañana con sol. No recuerdo ningún Domingo de Ramos donde no haya hecho sol, las palmas agitándose, como movidas por el viento del entusiasmo al paso del Paso de la borriquilla. Yo, que no había estrenado nada hoy.
            Creo haber visto este tintero durante años (décadas, quizá) en el escaparate de una tienda de antigüedades, por detrás de San Andrés. Yo me fijo en los escaparates (sobre todo de las librerías y de los anticuarios). Una vez entré a preguntar por el tintero, ya con el precio en euros, o sea que sería 2002 o 2003, y costaba 135 €. La verdad es que no había visto el 1 de la pequeña etiqueta pegada sobre esa base de basalto negro…
            Aun así, lo valía (la dueña me dijo que lo había rebajado de 200 a 135). Muchos años pasando por allí, sobre todo cuando volvía a pie desde la estación de autobuses, cortando por la plaza del Caño Argales. Los objetos del escaparate iban variando (tampoco mucho, la verdad), pero el tintero permanecía. Hasta hace pocos meses, que lo dejé de ver… Supuse que al fin alguien lo habría comprado, o que los carteles de liquidación, que se habían convertido también en una antigüedad más, al fin eran verdaderos…
            Y esta mañana, un pálpito (como de palmas agitándose en mi corazón). ¿Sería el mismo? Y, efectivamente, lo era, el vendedor me confirma que sí, que se lo ha comprado a Cari, que así debe llamarse la anticuaria que acaba de cerrar su tienda, o está a punto de hacerlo… Yo no volví a entrar jamás en aquella Galería, quizá desistí a la primera porque me pareció demasiado categórica su propietaria, que 135 € era un regalo y que no lo iba a rebajar más.
            El vendedor de Fuente Dorada me dice: si te interesa el tintero te lo dejo en 50 euros. Yo se lo compré por 40 en un lote con otras cosas… Y yo, temblando de emoción, como una palma agitada por un niño al paso de la borriquilla, le digo que sí, que está muy bien, pero que me parece mucho, que me lo llevaría por 30…
            ─Bueno, dame los 40 que yo pagué por él, y esto por ser tú.
            ─Vale, pero por ser yo, 35.
            ─Joder, cómo negocian los escritores de Valladolid…
            Y me lo traigo envuelto en un convoluto de papel de periódico y plástico de burbujas, como un regalo del Destino, que siempre hace las cosas a su debido tiempo, para estrenarlo hoy.

sábado, 8 de abril de 2017

O

            Voy a casas donde estuve una vez, una noche (en un sueño, quizá), pero nadie abre la puerta, o si la abren no saben, no recuerdan a aquella por quien pregunto (a veces, sin estar seguro del todo de su nombre yo mismo). Pero la nitidez de las ráfagas de un tiempo compartido cada vez es mayor, cada vez nos alcanza más adentro ese pasado que regresa haciéndose presente de nuevo. No hace falta pasar, reconocer las estancias, la luz anaranjada del atardecer que penetra por las persianas de madera y escribe unas palabras sobre la pared, mientras descansamos del amor, extenuados. Ya está. Cerrar los ojos, irse al futuro que entonces no imaginábamos por separado, y seguir adelante, avanzando y retrocediendo, entrando y saliendo por puertas que dan a otras ciudades, a otros cuerpos, a otras vidas vividas, por vivir…


Eduardo Fraile

sábado, 1 de abril de 2017

La bienvenida

Ya están aquí, atareadas en la reconstrucción de los nidos,
idas y venidas al Hontanija por pizquitas de barro inaugural
(el mismo barro santo con el que hacían los adobes nuestros antepasados)
y delgadas hierbecillas con las que cimbran la armazón
en figura de copa. Aprendimos de su sencillez,
de su ingravidez, de su vuelo infinito,
y también de su canto incomprensible y de su desatinada
obcecación.
Cuando he salido al corral han venido enseguida,
con sus grititos de júbilo del verano anterior, dando pasadas sobre mi cabeza,
cada vez más juguetonas, cada vez más cercanas. Cierro
los ojos, extiendo lentamente los brazos
y se van posando sobre ellos. ¡Es la primera vez que lo consigo!
No pesan, noto sus patitas arañando las mangas
de la chaqueta de tweed. No tiran de mí, se van calmando, se van
acomodando… al tiempo que se acompasa el alboroto de mi corazón.
Y cuando ensayo inmiscuirme en sus dicharacheos
o responder a sus palabritinas de plata pura,
de bienvenida, de reencuentro y plenitud…
echan de nuevo a volar.


Eduardo Fraile 

sábado, 25 de marzo de 2017

Me asomo a la ventana y pasa un ángel

          Este verso, que creo que es mío, de Teoría de la luz, da título a un libro (¿mío también?) que se presenta hoy, día de la Anunciación. Ese libro recoge buena parte de los textos de este blog, que comenzó siendo una columna en un periódico. Soy de la generación del papel, así que ver estos renglones volanderos de cada sábado impresos y encuadernados a la antigua usanza, los reviste de realidad incluso para mí, que soy su autor.
          Y se presenta ese libro en una sala que lleva también mi nombre, en el Colegio La Salle de Valladolid. Agradezco infinitamente a mi colegio que no haya esperado a hacerme ese regalo cuando suelen hacerse estas cosas en España, es decir, cuando el homenajeado ya no puede estar presente, por compromisos adquiridos con la muerte con anterioridad. Así que mi manera de corresponder es usarla, espero que bien, cuando tenga un libro que presentar.
         Este libro, este blog, esta columna, tratan un poco ─todo, en realidad─ de la mirada. De mi mirada. De en qué cosas se entretiene mi curiosidad, de cuáles son mis devociones. Dice mi hermano Óscar Esquivias en el prólogo que este libro es, en cierto modo, un devocionario, en el sentido de que refleja e intenta compartir esas cosas queridas, buscadas, acariciadas, frecuentadas, recreadas, amadas, en definitiva, por mí. Las cosas en las que se fija mi atención, esa atención infinita que es uno de los nombres del amor.
         Me asomo a la ventana y pasa un ángel. No vemos lo que vemos, sino lo que somos, dice Fernando Pessoa. Y a veces no nos queda otro remedio que bajar ─que subir─ y seguir por la calle ─por el aire─ la estela de ese vuelo…
           Si estuvierais por aquí, acercaos.


Eduardo Fraile
(fotografía: Txema Ruiz de Gordejuela)