sábado, 19 de agosto de 2017

A lavar al río II

Nuestras madres iban a lavar al rio
con la banquilla y el lavadero y los barreños de zinc.
Lavar la ropa blanca, las sábanas, las camisas de algodón
del abuelo, y enjabonaban y frotaban y volvían a frotar
y aclaraban al paso caudal de la corriente.
Luego, entre dos, retorcían para devolverle al Hontanija
la mayor parte de su contribución
a la blancura. Ese blanco de harina
de trigo candeal, que se lograba sólo con jabón hecho a mano,
agua del río de mi infancia, y lo más importante de todo:
el secado al sol. En las eras,
sobre los cardos de la ribera, sobre céspedes
que no mancharan de verdín, y antes, entre dos
igualmente, sacudir y estirar, y posar los lienzos dulcemente,
y si corría algo de aire sujetarlos con morrillos suavísimos
por las esquinas. Ya existían las primeras lavadoras
(y mi madre la usaba en la ciudad), pero en el pueblo
no había agua corriente aún, y luego, cuando la hubo,
en los veranos todavía se bajaba a lavar
al río, sobre todo las sábanas.
Gracias, mamá, qué bien olían
nuestros sueños…


Eduardo Fraile

sábado, 12 de agosto de 2017

El tiempo puro

Había un tiempo áulico, musical, serenísimo,
fresco y como por encima de las contingencias
de la meteorología, de las estaciones, del sol,
esas cosas tan importantes y determinantes en el mundo rural.
Y otro tiempo más cercano, de a pie (o a caballo)
e incluso marcado por el ir y venir del coche de línea
o de los fruteros y vendedores ambulantes. El primero
lo marcaba el carrillón del reloj de pesas de la abuela Evarista,
su melodía límpida que envolvía las paredes de la sala
que no se usaba nunca, sólo en las solemnidades
(velatorios, peticiones de mano, testamentarías) y donde se guardaban también
el chocolate, los huevos y el aguardiente de guindas…
Y la vajilla de porcelana inglesa, y la cubertería de plata
y el juego de café de Limoges o de Sèvres y la cristalería
cuyo entrechocar resonaba a campanas, o como una nota más
del transcurrir de las horas…
Incluso en pleno verano había que ponerse una toquilla
o echarse un chal para acceder a su ámbito
puro y pautado. Sólo la abuela, que llevaba la llave
en el bolsillo de su delantal, entraba allí. Los domingos
cuando daban primeras (las campanas de la iglesia
sonaban también a copas de cristal de Bohemia)
la abuela salía de la Sala con su cartera de piel
bien repleta de duros plateados y pesetas de oro.
Y nos poníamos en fila a la puerta de la calle,
bajo la moneda del sol del mediodía, y ella se sentaba en uno de los cantones
para impartir la propina.


Eduardo Fraile

sábado, 5 de agosto de 2017

Aparvar

Para después de la siesta se dejaba la última faena
de la trilla, que era aparvar, esto es, amontonar en una parva
la paja y el grano ya trillados, ya convertidos en oro de retablo
de altar mayor. Luego esa parva se pasaría por la limpiadora
(o aventadora), que separaba los granos de trigo o de cebada
de su embalaje finísimo por medio de un sistema de cribas semovientes
y un ventilador que expelía la paja leve, venial.
¿Qué pesa más, un kilo de trigo o un kilo de paja?, nos preguntaban
y caíamos, o ya nos daba igual, y el abuelo Bernardino
o los tíos Salustiano y Emeterio nos corregían riéndose,
una y otra vez. Y una tarde tras otra
empujábamos el aparvador, que era una especie de tabla
como de 50 centímetros de alto y 4 o 5 metros
de largo, arrastrada por las caballerías.
Luego los tractores hicieron esta operación
menos emocionante. Los niños pesábamos sobre los trillos,
íbamos y veníamos del caño con botijos de agua fresca
para los hombres, y luego empujábamos el aparvador,
haciendo montones. Con posterioridad, de forma manual, con los garios
o garias se perfeccionaban esas parvas, lanzando muy arriba
la paja para que el tenue viento acabara de poner las cosas en su sitio.


Eduardo Fraile

sábado, 29 de julio de 2017

Las nieves perpetuas

Otra de las cosas inherentes (e indisociables
y podríamos decir también suyas propias
(como propietario) del verano, era el Tour.
El Tour. Decir el Tour de Francia era de abultos.
Qué otro Tour iba a ser. De qué otro sitio.
Dónde más corrían esos días Eddy Merx y Luis Ocaña.
(Y corrían a muerte contra el tiempo y el espacio,
que solían ser montañas que se bajaban a mil, a tumba abierta).
Y nosotros estábamos ante el televisor de la abuela
Evarista ITT, Telefunken, Elbe, Westinghouse
con su estabilizador al lado, que se recalentaba,
y el abuelo Bernardino nos decía con desaprobación:
Hay que apagar un rato, que se enfríe.
Que no, abuelo, cuando acabe la etapa.
Los primos Valles (sólo los chicos hacíamos una docena)
nos apretábamos en torno de la pantalla cóncava
que chisprroteaba:
¿No veis que ya hace mucha nieve? ¡Se va a fundir!
Que no, abuelo, que eso es de allá.
Replicábamos, queriendo decir que no era una avería
del aparato, pero aun así lo apagaba
y permanecíamos unos minutos como en oración
esperando a que se refrescara. Era verano
y había muchas interferencias siempre, y más en las conexiones
de Eurovisión. Las imágenes en blanco y negro
a veces aparecían como un espejismo en el desierto,
oscilantes y desvanecientes, o bien como desbaratándose, como desmoronándose,
en puntos blancos (y eso era la nieve). Intuíamos
más que otra cosa que aquello eran ciclistas
escalando los Alpes o los Pirineos, con sus cumbres nevadas
de verdad.
¡Hala, se acabó! ¡Todos a la era a aparvar!  


Eduardo Fraile

sábado, 22 de julio de 2017

Pozo y golondrinas

            He hablado en otra columna de María Zaitegui, que pasa una noche o dos en Castrodeza al volver hacia Almería desde el verde (todos los verdes del verde) o la verde, que no sé muy bien si esa tierra es masculina o femenina, Euskadi. La diversión, lo que más le gusta a ella de mi casa es ver a las pequeñas golondrinitas asomarse al borde de la copa del nido, o si volasen ya, llamarlas de esa manera en que yo las llamo, tratando de imitar sus chilliditines, y ellas vienen enseguida, convocadas por una vocecilla musical que reconocen y aman. Y sacar agua del pozo, con los guantes de jardinera que le quedan enormes, para que no se le manchen las manos del óxido de la cadena. Y así, entre los vuelos cortantes y acerados de las aves que juegan y el chirrido de la polea, esa hora de la siesta se llena de frescor y de humedad riquísima, mientras su hermano Teo persigue lagartijas por la tapia del sol, como Alfanhuí, o entre las piedras de molino, como lunas caídas, y Diego, el padre de los dos, mi amigo el librero de Book Cake, se repone de la distancia y el tiempo y yo leo este libro con las hojas en blanco.


Eduardo Fraile