sábado, 18 de febrero de 2017

20 años después

            Muchos años después volví a ver a aquella muchacha de la dedicatoria, muy alta, al principio no la reconocí de espaldas, pero era su voz, iba hablando por teléfono, y ralenticé mi paso para no adelantarla, ahora que el corazón me batía en el pecho como aquella mañana de febrero de mi primer libro. Era domingo y atravesábamos la plaza de la Universidad hacia Cardenal Cos y la torre de la Catedral. Seguía estando muy delgada, pero algo, no sé qué, trazó una raya de tiza ante una posible maniobra de abordaje, o de saludo, o de reencuentro… Me mantuve a tres o cuatro metros detrás de ella, intentando contener las ganas de llorar, las ganas de mirarle la cara que el tiempo hubiera tenido a bien (o a mal) dejar tras ese pelo alborotado que se le enredaba en el teléfono, uno de esos primeros móviles tan grandes, con antena. Así que debía ser 2001 o 2002, veinte años después de la mañana en que yo iba a su encuentro con mi primer libro en un cesto de rosas. Me ardía la cara por el viento y el rubor, ya digo, dejando que las lágrimas fueran barridas hacia las orejas, o es que empezaba a llover, y ella corrió ya como hacia Las Angustias, a la parada de taxis, frente a la cafetería Magnolia, que se seguía llamando igual, aunque ya no era un sitio elegante ni quedara memoria de un poeta novel una mañana de febrero de los primeros 80, el que iba a ser el año del Mundial, de la Movida, de la Mili, de tantas cosas que hoy ya no significan nada pero que nos tuvieron, nos contuvieron como otro cuerpo exterior a los cuerpos que se debatían entre palabras y besos y vasos de licores dorados y cafés enamorados, y pasos en las calles de ciudades que abandonaríamos, de amores que nos abandonarían dejando un rumor de alas de ángeles que echasen, de repente, a volar…


Eduardo Fraile

sábado, 11 de febrero de 2017

14 de febrero de 1982

            Por fin tenía los primeros ejemplares de mi libro, que olían a tinta y a tipografía, a papel roturado en aquellas hermosas máquinas Heidelberg que imprimían mis poemas a golpes como latidos de corazón, sístoles y diástoles, o como embates de las olas del deseo, de los cuerpos amándose, qué sé yo, el caso es que ahí estaban esas delgadas hebras de mí pero fuera de mí, y aquel objeto me parecía hermoso y delicado y a la vez poderoso y maravilloso, algo con lo que conquistar y enamorar, y seducir y rendir… ¿pero qué, o a quién?: ¿plazas y ciudades y reinos de ultramar, o quizá evanescentes, púberes y delicadas señoritas?
            La víspera había comprado un serillo de cáñamo en la calle José María Lacort, al lado de La Luna, que era mi café de cabecera, y en él metí dos ejemplares palpitantes aún, calientes como panes recién hechos, pero me encaminé hacia el centro, creo que hacia el mercado del Val, a comprar unas rosas con las que tapé o arropé aquellas criaturas indefensas, y me fui luego al Café Magnolia, que era un café recién abierto frente al Teatro Calderón, y me senté en una mesa junto a las cristaleras. Veía pasar a la gente que subía o bajaba por la calle de las Angustias, o que torcía por Echegaray, y me fui calmando poco a poco. Los camareros me miraban fingiendo no mirar. Saqué uno de los libros y me puse a escribir una dedicatoria. La primera de mi vida, quizá, pensaba, pienso ahora al intentar serenar el pulso, dando sorbos al café que sabía distinto al de La Luna, o era yo el que era otro ya hoy, elegantemente vestido, con un cesto de rosas, dejando una propina exagerada en el platillo dorado que contenía el ticket, un poema económico y exacto, concretísimo y real, y por lo que se veía más lucrativo y de provecho que los tuyos, que ibas a empezar a malbaratar esa misma mañana de sol alto y cigüeñas extrañadas, de campanas sonando en las torres de la Catedral y de la Antigua, mientras caminabas decidido hacia tu perdición, enamorado y magnífico, pisando la dudosa luz de tus ínfimas posibilidades, con un puñado de pétalos (capitulando pétalos, decías en uno de los poemas), con un puñal de palabras hundiéndosete en el pecho, santo que porta la palma del martirio, flamígero y flamante, ángel en vestidura civil, joven peatón que echa a volar con las alas de papel de su primer libro, poeta

Eduardo Fraile

sábado, 4 de febrero de 2017

Las cartas


           Hemos escrito muchas cartas (mi generación, me refiero). Y creo que con toda probabilidad, si nos respetan las lesiones, como dicen los deportistas, veremos quitar los buzones de los portales de las casas, por inútiles. Incluso las facturas ─esas cartas de amor del capitalismo─ están a punto de desaparecer. Las facturas en papel, quiero decir. Encima de sangrarnos, las compañías eléctricas nos conminan con sarcasmo a proteger el medio ambiente descargándonos la factura digital. No sé, mi idea de descargarme algo es con una carretilla, o a hombros, como los sacos de trigo cuando se trillaba en las eras.
             Ya va siendo raro que alguien nos escriba una carta personal, o una postal, o un christmas navideño. Las chicas de quienes esperaríamos una carta de amor no sabrían cómo hacer. Ni siquiera creo que sepan qué son los sellos de correos. Quien no haya escrito una carta de amor no merece, a su vez, recibirla. Decía Pessoa que todas las cartas de amor son ridículas, pero que más ridículo aún es quien no ha escrito nunca una carta de amor. Él, sin ir más lejos, cuando escribía cartas de amor a Ophélia de Queiroz, para ir a echarlas al buzón tenía que pasar por delante de la casa de su destinataria. Pero explicar este gesto magnífico sería la prueba del 9 de lo que vengo diciendo.
          Mon ami, ma main tremble avec force quand je t’écris, escribe Odette a Swann, sacudida por las primeras ondas del cataclismo amoroso que se desencadenará. Y esas fuerzas devastadoras que arrasarán nuestro corazón y quizá el universo tenían ese primer sismógrafo en el temblor de nuestra letra manuscrita sobre el papel. En París, hacia 1900, cuando Proust comienza a erigir su catedral de palabras, había 5 repartos de correo diarios, dos servicios de telegramas, los bleus, que eran como quizá los hayamos conocido nosotros, en papel azul y con las palabras pegadas en rectangulitos blancos, y los pneumatiques, que circulaban por un sistema de tuberías de aire comprimido. Más el trasiego de cartas, tarjetas de invitación y de visita entre particulares…
         Ya bien entrado el siglo XXI no voy a enumerar aquí los sistemas de comunicación supuestamente directos de que hoy disponemos. Y qué decir de su seguridad y de su privacidad. Hasta el mismísimo y flamante presidente Trump acaba de declarar con clarividencia desde la rubia azotea de su pensamiento: «Toda comunicación digital puede ser hackeada. Si ustedes quieren enviar algo a alguien con seguridad, métanlo en un sobre, péguenle un sello y échenlo en un buzón, a la antigua usanza.»


Eduardo Fraile

sábado, 28 de enero de 2017

El impacto

           Los aeromodelistas quedaban en la pradera de detrás de nuestra casa. Hoy todo eso está ya construido, pero entonces era nuestro territorio para jugar, para explorar, para perdernos entre el cielo y la tierra, entre la montaña de hierba y la montaña de arena. La montaña de arena estaba allí de manera provisional, camiones y camiones que habían volcado su carga rubia y menudísima de tiempo. Ya estaban proyectadas las nuevas urbanizaciones que extenderían Madrid por el este, y esa arena esperaba ser usada mientras nosotros la escalábamos por el costado más abrupto y nos lanzábamos desde arriba sentados en cartones o en tablas, o dentro de cajas de fruta de la frutería donde perdí/me fue robada la moneda de 25 pesetas (ver Las tres huchas)… Y la montaña de hierba era una loma natural, con algunos arbustos, allá por donde se iba levantando el sol verde de la primavera, hacia cuya estribación se encaminaban los aeromodelistas con sus aviones de madera y papel encolado, y desde ese promontorio los lanzaban con la mano, tras una carrerilla hasta el borde mismo de la plataforma pelada de la cima. Los planeadores a veces se estrellaban a pocos metros, pero otras alcanzaban a llegar casi hasta nuestra montaña de papel de lija, de raspador de caja de cerillas, de costra seca que nos haría heridas rojas por fricción.
            Y esa mañana de sábado o domingo, con el sol alto y con dientes mordiendo en el azur, uno de aquellos aviones venía justo a por mí, sin caerse, descendiendo y eligiéndome desde antes de que yo hubiera notado su presencia… Y cuando supe que había algo inevitable y magnífico en aquello, corrí, corrí hacia casa, no sé si con la inteligencia de cambiar de trayectoria… pero esto lo escribo ahora, muchos años después, ya en otro siglo, mientras caigo de bruces contra el suelo por el impacto sobre las paletillas (o las escápulas), niño alcanzado por el vuelo sin motor, ángel caído con unas alas de madera en la espalda…


Eduardo Fraile

sábado, 21 de enero de 2017

Antisalmo de los falsos poetas

Francisco Pino, in memoriam
1 Todos los días me encuentro con algún falso poeta.
   A veces, dos o tres. Hay días que se ponen cuesta arriba.

2 Los falsos poetas llevan un perro enorme sin bozal.
   No limpian sus excrementos. Les dejan mear en los troncos de los árboles.

3 Ese perro es su ego.
   Los falsos poetas le alimentan de impotencia, de envidia y de rencor.

4 Pero hay días peores. Quizá en algún café nos asalten en grupo:
   lo llaman recitales/micro abierto. ¡En guardia! ¡Huyamos mientras se acicalan 
                                                                                                                       [la voz!

5 O, en soledad, quizá se precipiten desde los acantilados de nuestra biblioteca:
   esas antologías donde escasea la grandeza y brilla el sol opaco de la ineptitud.

6 Los falsos poetas nos envían, encima, sus libros dedicados
   con pomposas palabras. Pero esas palabras sólo hablan de sí mismos.

7 Les escupo el silencio. No les tengo compasión:
   que se mueran, o quizás algo peor: ¡que triunfen!

8 Porque también hay días faustos y benditos: hoy he descubierto a un gran poeta,
   pero él ni siquiera sabe que lo es.

9 La luna está arriba.
   Debajo.


Eduardo Fraile

sábado, 14 de enero de 2017

Haiku

Las ranas croan en los puentes
del Hontanija. Oigo su bella música, extinta ahora
bajo el dominio del invierno. Las oigo entre las risas de unas niñas
pelirrojas que juegan
a capturarlas. Risas de plata pura
que se engarzan en los chapoteos
y los rayos del sol. Yo estaba allí, con mi caña, pescando
peces con lombriz. Seguro que me daría igual
que su revoloteo los espantase,
verdes suspiros que serpenteaban
hacia la presa del molino. Perlas de luz,
gotas de paraíso. Un leve escalofrío
me recorre el recuerdo
mientras ellas se alejan en sus bicicletas
hacia el futuro.


Eduardo Fraile

sábado, 7 de enero de 2017

Mi primer libro

           No sé, supongo que tras esas paredes de la calle Vega ─Gráficas Lafalpoo─ duermen en sus hermosos chibaletes los tipos con los que alguno de aquellos cajistas que trabajaron allí compuso mi primer libro. Yo corregí las galeradas temblando de emoción, preocupado por capturar esa errata recóndita que me perseguiría luego siempre, tan es así que ahora, en mis escrupulosas ediciones suelo incluir una adrede. Al menos una errata ha de quedar (y si es creativa y meliorativa, mejor). La perfección sólo es de Dios, y el tiempo nos da la clarividencia ─y la convicción─ de que esa perfección que buscamos no es sino la armonía de muchas pequeñas imperfecciones orbitando en torno a una idea de totalidad.
            Me iba a La Luna, que ahora quieren tirar, muy cerca de allí, en la plaza Cruz Verde, y me pedía un café para corregir aquellos pliegos benditos, roturados por los tipos de acero listos en sus bandejas de madera (las ‵galeras′, de ahí lo de galerada). Se les pasaba un rodillo con un poco de tinta, se extendía un pliego, como una sábana sobre el colchón, y con unos golpes de mazo se sacaba una copia tosca para ser comparada con el original.
           Qué no daría hoy por haber conservado alguna de esas primeras pruebas de Ningún otoño es amar… De hecho, ya mis siguientes libros se compusieron mecánicamente. El offset había ganado la batalla a la imprenta de Gutenberg, y muy pocos talleres imprimían en tipografía, hasta que se fueran jubilando los cajistas, hasta que aquellas viejas máquinas Heidelberg hincasen la rodilla, de la misma manera que ahora las Roland se rinden a las impresoras digitales.
           Eso. Qué bien sabían los cafés corrigiendo las pruebas de tu primer libro de poemas. Oliendo la tinta grasa y acre sobre un papel azul como el de los sobres de entonces, no se podía gastar el papel bueno en pruebas de edición. Quizá los dos espejos de La Luna que me reflejaban, uno de frente y otro de espaldas, conserven la imagen de mis veinte años enfrascado en la ocupación que me parecía la más importante del Universo: no escribir, que eso ya lo hacía durante horas en aquel mismo café, sino transformar esas palabras en algo físico y tangible, en hecho, en acción, en performance, palabra que se llevaba mucho entonces, en femenina carne de papel acariciada, en un libro.


Eduardo Fraile