jueves, 3 de abril de 2014

Los quitadesayunos (sábado, 8 de septiembre de 2012)




         

          La melancolía es de color albivioleta, como la camiseta del Real Valladolid. Franjeada, barrada, como una cárcel mínima que creciera dentro de nosotros. Se acababa el verano (esos interminables veranos de la infancia) y una opresión inexplicable, que tenía que ver con la vuelta al colegio, nos encogía el corazón. Ya había que ponerse los jerséis y comerse las lágrimas.
          Quizá el azar nos concediese algunos días de propina, como los duros grandes que la abuela nos daba los domingos sentada en el cantón. Los 17 primos Valles nos poníamos en fila y ella iba depositando en cada mano una moneda, que sacaba de su hermosa cartera con abrochamientos dorados, como una primera comunión profana antes de subir las calzadas de la iglesia, cuyas campanas comenzaban a sonar.
          Pero sonaban ya dentro de nuestro pecho de niños, el sol alto, el olor a paja húmeda, los quitadesayunos en las eras… y el eco de esa vibración que hiere el aire, que se queja dulcísima (porque aquí el aire es femenino), llega nítido y sin mácula hasta el cielo de hoy.
        Hoy es quizá otro siglo (mire el lector la fecha en lo alto de esta página) y con seguridad nosotros, la palabra lo dice, no somos los que fuimos. ¿Qué hacer con esos días ya del futuro, ya del curso siguiente pero aún retardatarios, cómo hacer que duraran infinito?
            Y nos íbamos a pasear a las eras, ya desertadas, donde sólo quedaban las marcas de los montones de mies, redondos amarillos de trazado perfecto, como si naves extraterrestres hubiesen aterrizado allí días atrás. Y nos agachábamos a extraer –párvulos suspiros– unas pequeñas flores de color morado, a listas, que comenzaban a brotar por doquier…


Eduardo Fraile

Las Olimpíadas (sábado, 25 de agosto de 2012)


      

            Múnich fue mi primera olimpíada consciente, por así decir. La seguíamos en los transistores, sobre todo, y lo que daban por la televisión. Los atentados de Septiembre Negro, incluso siendo niños, nos dejaron atónitos. Desde entonces me preocupé por entender la problemática (los periódicos lo denominaban pomposamente así: la problemática) del Oriente Medio. Y, por supuesto, voy con los israelíes.
            No recuerdo si ganamos medallas (estoy por apostar que no), fuera de la de Sapporo en Japón. La de Paquito Fernández Ochoa en los Juegos de invierno. Pero bueno, en adelante cada olimpíada: Montreal, Moscú, Los Ángeles y nuestra primera final de baloncesto con Estados Unidos, Sídney, Barcelona… iba a tener algo de religioso para mí. Como de revisitación, de retorno…
            Atlanta, Seúl, Atenas, Pekín (o Beijing, si son ustedes de los que dicen Mao Zedong)… Acaba Londres. Pasaron como un escalofrío Phelps, Bolt, no sé, la fugitiva, pero inolvidable, belleza de algunas chicas haciendo cosas contra el espacio y el tiempo (que se dejaban, a ver) y contra el cuadrado de la velocidad de la luz. Ángeles mías.
            Una Olimpíada, en propiedad, era el período de tiempo comprendido entre dos Juegos. Nosotros medimos el nuestro en años, que son la carrera de la Tierra en torno al estadio del Sol. Cada olimpíada que pasa somos 4 años mayores en edad. No sé si en dignidad, como querían nuestros padres… Y de eso se trata al fin y al cabo, de si merecemos o no la más alta medalla: la del vencedor de sí mismo.

Eduardo Fraile

miércoles, 2 de abril de 2014

Máximo/Verano (sábado, 11 de agosto de 2012)



          Máximo San Juan, el dibujante de la línea pura, esencial, casi abstracta de trazo, delicadísima, sin peso: la línea mental, elemental, que significa y al mismo tiempo crea, hace brotar, alumbra, manifiesta... Publicó un dibujo diario en el diario El País, sin fallar nunca, desde su fundación (de hecho, el diseño de su cabecera se le debe), hasta que los nuevos ejecutivos de la Prisa post Polanco le defenestraron. Y pasó al ABC.
            El mes de agosto se iba de vacaciones, y nos dejaba preparada una gavilla de viñetas emancipadas del acontecer, de la política, de la actualidad, que íbamos degustando como un cóctel refrescante, a sorbos lentos y maravillados, bajo una de las palmeras del Cantar de los Cantares... Y digo bien del Cántico de Salomón. El mes de agosto del 95 nos sorprendió ilustrando diversos versículos del más hermoso poema de amor (de amor carnal) de todos los tiempos. Y está en la Biblia. «¿Quién es esa que se levanta en la aurora, bella como la luna, brillante como el sol, terrible como los escuadrones desplegados?»
            Compré un cuaderno de dibujo Marquilla en un chino, de aquellos que usábamos en el colegio, y fui pegando con cola Pelikán inconsútiles joyas de papel, rectángulos de paraíso. Repitió la osadía dos veranos después, pero estos ya no pude coleccionarlos todos...
            Milagrosamente, hacia la mitad de aquel primer agosto ligué con una hermosísima muchacha (Susana, ¿dónde estás?) que parecía venir justo de allí, sus ojos verdes, su pelo como una miel cayendo, derramándose hasta la cintura. En 2003 cogí mis álbumes y me marché a Madrid a ver a Máximo. Se sorprendió de mi propuesta sonriendo como un niño. Más me sorprendí yo: a nadie se le había ocurrido (con ese material/espiritual) hacer un libro.

Eduardo Fraile